miércoles, 24 de octubre de 2012



BORUSSIA, 2; REAL MADRID, 1. MI VERDAD,  ¿TU VERDAD? VEN CONMIGO A BUSCARLA.


La noticia de la semana, al menos para mí, no era tanto que Pilar Rubio durmiese en casa de Sergio Ramos como que fuera aceptada como amiga de las novias del resto de internacionales del Madrid. Ella y Sara Carbonero ya se conocían de haber dado juntas las Campanadas de Nochevieja y ahora se les une, con su ramalazo Igartiburu, Nagore de Alonso, de la que se dice siempre eso de que “sabe estar en un segundo plano” como si fuera el mediocentro defensivo de su marido.

Con este amiguismo de señoras, quedadas para tutoriales de termomix, cafés vespertinos para poner a parir a Irina y rumores deslizados de algún rosa lusitano podrán echar el rato las señoras de los campeones del mundo y fortalecer la unidad del vestuario, que tiene siempre su núcleo mandón, carcelario y su política de duchas.

Las Trillizas al final van a ser verdad y a Mou se le plantea un problema peliagudo porque en el vestuario no es que mande la Roja, es que mandan las parientas de los de La Roja, y eso ni con Mou ni con san Mou.

El Madrid estuvo en Dortmund, donde una vez jugó Fernando Redondo. Todo el campo era Redondo, cayendo a las bandas, sosteniendo con su fútbol tanguístico y sus codos arbotantes el equipo entero y el sueño-canguelo de la séptima, porque yo la séptima la recuerdo como un miedo. Creo que desde cuartos de final hasta el pitido final de Amsterdam respiré seis o siete veces.

Hoy en Dortmund Íker iba de Mázinger Z. Puño por aquí, puñetas por allá. Pronto se vio, y luego se corroboró en el segundo gol en que dejó la pelota muerta para que un alemán le rematara a bocajarro con el mauser, que es como rematan los alemanes.

Siempre que el Madrid va a Alemania me acuerdo de la Santiaguina, la arenga presidencial que tiraba del emigrante, que era el sentimentalismo de entonces. La verdad es que Don Santiago le echò la santiaguina al equipo y el equipo no le hizo ni puto caso, porque lleva toda la vida palmando en Alemania como palmaría un ministro español. Al final, el club se está empezando a definir por lo que se le resiste y no tanto por lo que persigue. Yo no veo frenesí de Décima en la peña, ni veo idealismos ni evangelizaciones, ni la locura que nos debe definir, la desmesura de ponerle al mundo la camiseta blanca. El Madrid es un equipo estupendo, de élite, pero nada más. La rebaja de florentinismo ha supuesto pérdida de chaladura mesiánica. Este equipo sólo quiere ganar, no quiere marcar épocas y sin Pep ya no tiene ni traumas. No veo representatividad patria, ni imperialismo balompédico obsesivo y la gente se pasa los días charlando del balón de oro, que es menos que un emmy.

Alejándose del mès que un club, el Madrid ha acabado por ser un club normal, ¡un club de fútbol!

Mi Madrid no fue nunca un club de fútbol y el único elemento dramático que percibo es la fraternidad espiritual que despierta la ambición completamente absurda de Cristiano y su soledad de raro.

Este Madrid es un buen equipo que va de blanco, pero no es mi Madrid rutilante y metabalompédico y le vemos en Alemania en esta hora de la historia y es como si viésemos al Dépor.

Hay que urgir la Décima. Establecer el apremio de la Décima.

Por abreviar, y entrando en el partido, diré que en el plus culpaban a las botas, a una mala elección de neumáticos. Los jugadores tropezaban como en una película muda y sólo faltaba que alguien se presentara para darles un tartazo. Estuvo muy cerca uno que saltó para  desahogar no sé qué trauma ante Cristiano, quién si no, que es el típico tío que entra en una discoteca y cobra.

Pero lo cierto es que el Madrid afrontó el partido con un punto menos de intensidad, negándose a darle a un partido de liguilla la intensidad de cuartos de final que hubiera requerido. Empezando por Mourinho, que volvió a huir del 4-3-3, solución del Madrid ante equipos de verdad. Lesionado Kedhira entró Modric, que es un jugador raro porque siendo personalísimo y con afanes de dirección, tiene la cosa de la timidez, aunque hoy estuviera mejor, muy bien, sobre todo cuando pudo subir al lugar del mediapunta. Modric debe ser el que haga de Özil en esos partidos que necesitan un Özil centrocampista.

El Borussia me parece estupendo, si jugara a la play lo cogería siempre, porque tiene algo de milagro de manager, de estructura bien pensada. Tiene esa grada inacabable en la que todos son ultras, ultras de allí, ultras todos con su formación profesional, felizmente insertados en el mercado de trabajo, dejando la impresión de un equipo metalúrgico, fabril, de público que recién sale de las factorías y centros industriales se va al estadio.

Esa unidad perfecta de formación-trabajo-fútbol es la perfección cultural de un país y ya puede ir Wert tomando buena nota, tome usté buena nota, que le diría Lopera.
Me llamó la atención Bender, un jugador del tipo que le gustaría a Del Bosque. Fino, patilargo, diverso, muy elegante y serio de juego. También Gundogan, o algo así, un creativo turco muy pinturero que salió al final. Kehl, que sonó para central (el Marca es un sonar en verano, un sonajero) y Götze, que sólo puedo calificar de vivaz.

El Borussia tuvo esa región del centro del campo donde se ganan las cosas en la estrategia de Risk de los entrenadores. El Madrid llegaba con alguna contra y con esos pases que los zurdos le mandan a Cristiano, que sólo se entiende ya con ellos. Pases lentos, sinuosos, que parecen cruzar las defensas como mensajeros o espías las líneas enemigas, que llegan elusivos a Cristiano; balones que parece que se romperán como pompas si no le llegaran o justo antes de hacerlo y que por eso tienen tan difícil control, tan imposible realización. Esbozos, intenciones, miradas cuajadas del gran ojo de Özil que quieren llegar a algo más. Es decir, entendimientos muy personales entre zurdos y Cristiano, pero nada de juego tricotoso cuando, recordemos, las Copas o se ganan con la voluptuosidad del cerocerismo o con un mediapunta genial que retenga la pelota y sepa, de querer, dominar la posesión.

Sergio Ramos jugó en la derecha. Poco y mal. Cada vez que le cae un balón o va al suelo hace una cabriola. Tiene una felicidad saltimbanqui de perro, de mascota persigue frisbis.

En la izquierda estuvo Essien, que parece que está en rehabilitación de algún trastorno psicomotriz (le das la mano derecha y te da la izquierda o un pie) y ¾ de lo que cayese por ahí.

Del partido me quedo con un detalle del descanso. Iban a salir los equipos al campo y debían bajar unas escaleras. En lo alto, pegado a la pared, esperaba quieto como un Beefeater, un alemán gordo, trajeado, rubísimo con raya y flequillo y la mirada fija, digno del prototipo de conductor de tanques en la segunda guerra mundial, de tenor germano, de raro erudito asexuado en algún seminario de endiablada escolástica. Este alemán, elegante y carnoso, imbuido en un sentido intenso del deber, esperaba a los equipos sin pestañear. Tan raro resultaba que Carbajosa, que por allí paraba,  lo miraba también intrigado, preguntándose quizás si no sería ese extraño elemento el secreto organizativo alemán, una forma de empeño que se nos escapa.

Marcó Cristiano, perdió el Madrid. Los aspectos tácticos son estructuralismos que no importan, faramalla farragosa, porque hoy no era una cuestión de bandas, sino de humedad y de que, como a veces sucede, sencillamente no estaba de Dios.



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