sábado, 17 de septiembre de 2011


EL YO

Paso la mañana persiguiendo con la mirada el gateo incansable de mi sobrina. Como la gente va luciendo uña, a mi sobrina hoy le ha tocado descubrir, quizás demasiado pronto, el dedo gordo del pie, pedazo de carne que le remitía, por su achaparramiento, a pocoyo, el justin bieber de los bebés. Mirando a Pocoyo pensaba en que quizás yo sea muchoyo o demasiadoyo, y en el comentario de mi admirado madridista jarroson, quien con visibles signos de tajada me señalaba esta mañana el abuso del yo en mis textillos. Me preguntaba la razón del éxito de pocoyo y creo que no está precisamente en que tenga poco yo, sino en que empieza a tenerlo. Pocoyo es un hombrecillo, una personita, en un ecosistema de jirafas, elefantes rosas, formas fosforescentes y quimeras infantiles. Pocoyo es el inicio del yo, y está bien que lo sea. Hablar en primera persona no es igual que hacerlo con el yo. El yo le aporta oralidad al texto. El yo lo decimos vacilantes cuando perdemos la mirada para pensar algo, de modo que lejos de reconcentrarnos nos proyecta. Empezamos con el yo cuando dudamos. El yo es una palabra balbuciente, dubitativa, honrada. Yo digo siempre yo y será la mejor forma de que el tú tenga la mayor intensidad cuando lo escriba. Emboscar el yo es una forma de engaño de quien poda los textos para no dejar huellas de sí mismo. El yo es el apuntalamiento fundamental de la página, la pica que hace que no se vuelen las demás palabras. Elidir los pronombres es un colectivismo igualitario horrible y un entristecimiento y todos aprendemos las frases con el hermoso pronombre subrayado. Por otra parte, el yo es circunstancia, el aparejamiento de la circunstancia, como una caravana de cachivaches que nos acompaña. Y me gusta gráficamente, con su o redonda, ocular, concentradora, la o del ombligo egipcio, oracular, y la y, que siempre me parece un tirachinas infantil, griega, uniendo en una palabra nuestros orígenes culturales y mediterráneos. Así tenemos una letra achaparrada y otra estilizada, dualidad cervantina del yo. El yo podría reprochársenos de niños, cuando escribíamos esas íes griegas llenas de volutas, porque nos hacían escribir como señoronas que van a la ópera, pero ahora ¿qué cabe reprocharle al yo, sino una franqueza enternecedora en tiempos de lamentable igualación? Habría que recuperar, pienso ahora, el sentido del arabesco de esas letras de niños, su eco aventurero y ensoñado y reencontrarlo en los mutilados tipos del procesador.

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