domingo, 11 de noviembre de 2012



LEVANTE, 1: REAL MADRID, 2. MI VERDAD GRANOTA.


El Madrid visitaba el Ciudad de Levante, que es un recinto algo desangelado en el que se reúnen los solitarios valencianos con la excusa de que allí juega el Levante. El Levante es como la colombicultura solo que en lugar de palomas sueltan un balón.

Su simpático entrenador había dicho horas antes que el Madrid, si no se terminan las jugadas, no perdona. Es decir, que contra el Madrid hay que acabar las frases.

Sin embargo, el campo no daba para mucho. El árbitro, Muñiz Fernández, con esa pinta que tiene de dueño de cafetal, de malo de culebrón mexicano, consideró que ahí se podía jugar algo aproximado al fútbol, un fútbol lastrado de plomo, como de playa.

Por si la lluvia y el pésimo estado del césped no fuera poco, el partido estuvo condicionado en su inicio porque a Cristiano le abrieron una ceja. La lesión era más propia del boxeo, cosa que se entiende al estar implicado David Navarro. Parecía que Cristiano lloraba sangre y después, con el ojo hinchado, tenía la mirada dulce de ángel roto de los boxeadores.

Poco después, Ballesteros le pegaba otro mandoble a Callejón, cuyo tupé había desmoronado la lluvia.

Ballesteros, enaltecido por la prensa como veterano, se mueve en el campo como un capataz . Él y David Navarro son los hermanos Kray de nuestro fútbol.

Si a Callejón se le desplomaba el voladizo del tupé, el peinado a Ramos le desaparecía. Sólo Pepe seguía siendo Pepe. La lluvia no sólo hacía imposible el tiquitaca y eximía de toda belleza, sino que deshacía el look del futbolista. Todo se despersonalizaba, se abocaba a una forma de fútbol ingenuo, infantil, difuminándose los vestigios tácticos y la influencia del entrenador.

En ese fútbol de Altamira y de recreo, el Madrid se iba manejando, menos cojo tras la vuelta de Coentrao.

En el campo había poco ruido. La gente cuando llueve grita menos y no aplaude porque tiene que agarrar el paraguas. Es decir, que si al público se le da un paraguas se le adormece.

En un balón parado que quedó suelto, tras controlar con su muslo, marcó Cristiano. Un gesto rápido de delantero centro oportunista, que era su papel esta noche.

Cristiano celebraba el gol entre la alegría de algunos madridistas valencianos, probablemente la forma más conseguida y ligera de español.

De fondo, un diálogo que debo reproducir:

-Xabi Alonso es como un dios griego.

-¡Pero si tiene nariz de cerdito!

-Pero le queda perfecta…

Hasta el final del descanso, el partido fue como una partida de subbuteo, controlando el azar objetivo de los charcos. El fútbol sonaba como si le estuviesen pegando una paliza a la pelota.

En el descanso, Mourinho quitó a Cristiano y colocó a Albiol en el centro del campo. No fue la noche de Albiol, la verdad, que anduvo como quien juega a la piñata y casi provoca un gol levantinista.

El Madrid salió muy bien, serio, muy “oficioso”, que diría Robinson. Pepe remató solo en un córner, Di María, muy vivo toda la noche, tuvo otra buena ocasión  y hasta se falló un penalti. Lo cometió Navarro sobre Callejón en una segunda instancia. La primera entrada no lo fue, la segunda quizás. Eso pasa, David, por ser reincidente en las cosas.

Falló Xabi. Yo lo vaticiné porque me parecía que Xabi a lo que iba era a jugar al cricket.
Tras el perdón, llegó el gol de Ángel, más rápido -de tan bajito- que Pepe. Después pudo marcar Juanlu. Se entraba en la dialéctica de las películas de terror y esa clemencia ante Casillas sólo podía significar una cosa…

En estas entraba Morata y no había que ser Pitita Ridruejo para saber lo que iba a pasar. Xabi, el jugador de criket, lanzó una falta con rosca, de esas faltas que tienen más rosca si el que está esperándolas es un delantero y Morata, que es como estar viendo a Morientes otra vez, peinó con elegancia y clasicismo de delantero helénico y con flequillo.

El Madrid salvaba los muebles en una noche en que jarreó sin distanciarse de su más directo rival, que pensamos todos y cantarían los locutores con su voz alegre de salvar domingos.

Luego hubo alguna contra de Di María, pero la verdadera incertidumbre de esos contragolpes estaba en si le iba a dar tiempo a llegar a la pelota. Y Kaká, con manguita larga de muchacha, saltó a hacer un trescuartismo testimonial, leve, inofensivo.

El árbitro, permisivo con los charcos y con Ballesteros, pitaba el final del partido. Pardeza saltaba a la zona de entrevistas. El Ciudad de Valencia, como es normal que suceda, empezaba a quedarse vacío.

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