domingo, 3 de febrero de 2013



MAXILAR


Llegué al dentista atravesando la calle atestada. Hay algo africano, extremadamente meridional con tanto paro. Calles que parece que quieren ser zoco. Señores que miran en las esquinas o se paran en medio de la acera, sin nada que hacer. Cuando hay dinero las calles quieren ser avenidas, cuando no, las calles se aquietan, se adensan.

 La consulta del dentista es blanca, con la blancura nerviosa de La Naranja Mecánica, pero con polvo, suciedades en las esquinas que le dan contorno de pesadilla. Era una blancura falsa, vieja. Parecía que moscas e insectos flotaban en vasos de leche, vasos de leche surrealistas, dalinianos. Y esa suciedad en medio del blanco era metáfora del dolor dental.
 El dentista llegó cantando un cuplé, con guasa de luz en el sillón de parturienta.

El tormento dental es la prevalencia absoluta de la materia sobre el espíritu y genera  una autoconciencia que puede llevar a la ansiedad, la locura consciente y frenética de la ansiedad. El malestar dental, ese tormento de piano, loza desportillada (comienzo de ruina burguesa), gengivitis, llagas y ulceraciones, es además un masoquismo, porque la lengua, órgano explorador, busca la herida sin querer. No se puede comer, no se puede pensar. La lengua parece que deletrea un dolor ciego de heridas.

Lo dental es el malestar del pensamiento cuando no hay pensamiento, es una integridad, casi. Un agravamiento de la vida.

Blanca la pared, blanca la luz, blanca la ilustración del cráneo. De lo meramente dental yo había pasado al bruxismo, tocar la armónica sorda de la noche, ratoneando en sueños, hasta lo maxilar, que era el problema nuevo.

La mandíbula es lo que se ha de golpear para tumbar a un hombre. La mandíbula es base de la calavera, peana del santo de uno que es la calavera y es la rotundidad de la belleza masculina, o su finura.

La mandibula parece que dice algo del carácter. Vicent veía en Gecé la mandíbula del buscador de absolutos, y en Rajoy quizás nunca hemos sabido si había una voluntad, un rumiar o una bobaliconería Austria. Un enigma de mandíbula, donde parece que guarda la liquidez de sus eses, como una saliva atesorada.

Y hay incluso un retraimiento de la mandíbula, que en las personas sumamente reflexivas se hunde, vencida, por una primera debilidad vital. Hay una debilidad de carácter o un renunciamiento dibujado en la mandíbula de cierto tipo de hombre.
La mandíbula es la puerta de la voz, de la palabra, del hombre. El quicio, la articulación primera de la total articulación de hablar.

Pues eso puede desquiciarse, algo puramente hamletiano:

-El mundo está fuera de quicio.

Y el desquiciamiento primero puede ser el de la mandíbula, que le dejara a uno definitivamente boquiabierto, irremisiblemente asombrado ante el mundo, sin la defensa de cerrar la boca.

¡Sujeto ya de todas las violaciones dentales del sacamuelas! Louie, el cómico, ha sido el primero que ha reflejado claramente la violencia sexual de los dentistas al apuntar la más que posible fellatio involuntaria, forzosa, de la boca dormida.

Tras el dentista, queda sensación de felación de plata y magnesio.

El desquiciamiento maxilar ofrecería la tragedia de que la calavera futura quedase boquisuelta, como si castañeteara. Calavera que no diese ni miedo. Que no admitiese la duda hamletiana, calavera descuajaringada. Cepo suelto.

Si el dolor dental es la blancura imposible del pensamiento. Lo maxilar es un inicio de desligamiento del cráneo con lo demás. El comienzo de la boca plisada del anciano. Del hablar tembloroso. Y el hacer, el ir haciendo del hablar algo callado, cerebral.
Yo diría que el problema maxilar es el inicio del ir callándose.

Miedo tenía yo en el dentista chirigotero que me explicaba la sencillez del cuerpo con chufla evidente. La edad. El cóndilo. El crujir craneal, los ruidos del cuerpo. Esa sensación de imposible enraizamiento que sólo sentimos cuando nos sacan la muela final. ¿Que de dónde la sacan? ¿De qué centro?

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