SESUDAS REFLEXIONES ACERCA DEL AJUSTE
Todo
se ha dicho ya sobre la izquierda en El gato al agua. La izquierda política
española, exiliada del Presupuesto, se encamina hacia un éxodo desértico en que
lo menos malo será la antropofagia. Alguien se comerá las carnes entecas de Rubalcaba
y ése, el devorador de Rubalcaba, será el ungido. De la izquierda teórica se ha
ocupado ya la Realidad durante los últimos decenios ignorando cada una de sus
propuestas, como las de ese amigo que nunca se sale con la suya a la hora de
elegir garito o restaurante. Se ha llegado al punto de declarar
anticonstitucional el keynesianismo o lo que por él se ha venido entendiendo.
El keynesianismo era una cosa y los keynesianistas, esa facción derrochadora,
alegre, charlestoniana, otra. El economista keynesiano siempre me ha parecido a
mí un economista sin ganas de serlo, un diletante metido por los padres en la
facultad de económicas que se vengaba postulando el teorema manirroto. Pero los
keynesianos, al menos, sabían economía, conocían aquello que detestaban. El
resto de la izquierda ni eso, el resto de la izquierda era un rencor. El resto
de la izquierda era un gran cerebro nicotinizado. No un pulmón, no, un cerebro
oscuro lleno de nicotina, oscurecido por la nicotina sectaria y carrillesca y
todas y cada una de las propuestas de ese cerebro negro fueron rechazadas por la
Realidad, una intratable amante esquiva que se defendía diciendo: “mira cómo
acabé la última vez que te di la mano, mira en qué adefesio me convertí ¡No me
convienes!¡Deja de pensar, sal al campo!”. Y ahora, quizá como consolación, la izquierda nicotínica puede ver
concedida la tasa tobin, ese impuesto aéreo, abstracto e invisible sobre las
transacciones financieras de los especuladores, los nefandos especuladores que
han sido todo este tiempo los malos sin rostro de los dibujos animados. Especular viene también de espejo y yo siempre que oigo especular pienso que ellos, los de los dineros, nos ponían un espejo enfrente. Dirán
los liberales que la izquierda muere matando y que se va al cuarto oscuro de la historia,
a lamerse la herida ideológica –cicatriz con forma de desplome bursátil-
haciendo lo que mejor saben: gravando. Y el gravar, no deberiamos olvidarlo, es
el ejercicio legítimo de una potestad pública limitada y prefigurada por unos
principios que son, más o menos, los del Estado de derecho. Esta visión
reciente del político desesperado que piensa un nuevo impuesto, un nuevo tipo,
una nueva gabela con el único ánimo de recaudar es un disparate indecoroso.
Dicho
esto, protéjanos Dios de los políticos que están por venir. Los conversos del
rigor, los furiosos dogmáticos de la honradez y la ortodoxia. Los nuevos patriotas
del equilibrio. Victoriosos teóricos e imbuidos de virtud pública, estos
señores han cogido las tijeras protestantes del recorte con sus manos católicas
de siempre, las que se iban al pan, y ya estamos viendo lo que sucede. El
ajuste no es neutro, está cargado de política. Caen festivales de cine,
se cierran conservatorios, se suprimen departamentos y sobre el funcionario y su sueldo sobreviene
el ajuste, ¡el ajuste! Eufemismo sobre las partes más tiernas de la, digamos,
por seguir con la jerga, estructura.
La
tiranía, la guerra, la historia, a menudo impactan en las biografías como mero
azar, deus ex máchina decidiendo la vida de las gentes. Este ‘ajuste’ que se
nos viene encima, improvisado, urgente, va a caer sobre nuestras vidas de una
forma azarosa y caprichosa, con algo de la arbitrariedad que tiene la tiranía,
porque la arbitrariedad es una forma de tiranía, sin duda.
La
crisis es una gran urgencia, un desasosiego. La crisis es una taquicardia. Todo
el mundo le debe dinero a todo el mundo. La gente sale a la calle blandiendo
fajos de facturas. La factura es el papel más significativo de la actualidad.
Está cargado de belleza e importancia y se desliza por debajo de la puerta.
Y ya no hay ni cobradores del frac, porque hace cosa de unos meses algunas
calles parecían palacios, cenas de gala. Señores vestidos de frac recorrían las
ciudades como llegando tarde a la misma boda de postín. En este mundo, en este trasiego,
las fuerzas del desorden miran con recelo al tranquilo, al gran apartado, al
que no debe, al que a nada aspiraba. El funcionario que no se hipotecó, que
huyó de la fiebre corporativa, el que no se compró el Audi inculpatorio. El
estudioso, el tranquilo, el sencillo, el profesor de tuba, el opositor, el
maestro interino que hace versos por las tardes, el interino (¡el interino!) Ese individuo es sospechoso y ahora
mismo es el gran enemigo social, la víctima del revanchismo social de los horteras, que son legión y mayoría, la mayoría en España, porque el centro de los sondeos, el cogollito demoscópico español es el hortera.
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