domingo, 29 de enero de 2012




LA FINAL DE AUSTRALIA



Mientras escribo estas palabras, Nadal se agarra a la raqueta como un guitar hero a su guitarra. Nole, que hace pensar en una noche loca y báltica de Humberto Janeiro, parece que cojea y en los palcos, las novias, madres y hermanas son mujeres bíblicas. La novia de tenista es la nueva novia de torero. Qué machismo en el tenis, tú, que diría el círculo chaconista. Y hay una niña en Melbourne, que es como esa niña redicha española que aparece siempre que Nadal juega, sea donde sea, por el orbe entero, con una bandera y una camiseta en la que reza: “Gracias por ser español”. Y eso me pasa a mí con Nadal, que me da la impresión de que no me lo merezco. Tiene tanta competitividad, tanta fuerza mental, que parece que de un momento a otro le va a doblar la raqueta de titanio al rival, como un Uri Geller. Cansó a Federer, y a Djokovic ya le está empezando a llevar a sus límites, porque Nadal es eso, es como una novia: alguien que te lleva al límite de ti mismo. Nadal cansa incluso a sus seguidores en esa exploración desdichada de sus propias limitaciones. Hay algo muy triste en Nadal, algo muy poco deportivo.

El tenis, si lo pones encima del televisor, es como un metrónomo. Cada partido es un ritmo, y tiene un peligro de eternidad, porque los tie-breaks no tienen un final claro. El tie break es tan difícil de entender como el fuera de juego y no se puede hacer planes si hay tenis porque desde un punto de vista lógico es posible el partido eterno.

El tenis es una forma dialéctica de eternidad y genera un balanceo de cabeza que es como negar lenta, morosa y cruelmente. Una negación robotizada e inclemente. El público de tenis, ¿a qué le dice no con esa negatividad ritual y quieta?

Nadal me cansa, su partido empezó por la mañana, a primera hora, y me he leído el periódico, me he tomado el aperitivo, he comido, y ya le estoy dando vueltas a la leche condensada del bombón –ese infantilismo, frente al cortado macho y desilusionado- y Nadal sigue, ahí, como una ola, dando raquetazos vestido de kiwi, sudando como un pollo enfurecido y picoteador.

Mi tenis murió con los pantalones largos. Lo recordaba el brillantísimo Nick percivalesco, en nuestra común admiración de Stefan Edberg. El tenis era un señoritismo fino, blanco, y señorial. Un elogio del sport, algo gatsby y cordial. Un desentendimiento. Corrían los tenistas como si la raqueta fuera una finura, o una taza de té, y cada pelotazo era una ocurrencia, una ingeniosidad llena de charm y buenas maneras, y no los alevosos pelotazos musculados de ahora. El tenis era un desentendimiento, una frivolidad, una desdramatizacón y este tenis del vamos, rafa, de la crispación y de las seis horas me aniquila.

El tenis es lo más cansino del mundo. Un ajedrez sudoroso, una cosa de formas desquiciadas, y Nadal, como antes Indurain, nos hace levantarnos cansados del sofá: derrengados, exhaustos, indignos.

Escucho ahora un lamento del vecino, es un estertor, parece que le han clavado una daga, y es que quizás Rafa vaya perdiendo y yo lo lamentaré mucho, y hasta me sentiré mal con lo que he escrito, porque sigo a Nadal, pero le sigo después, el lunes, en el resumen del periódico, cuando canse menos.

Me falta fuerza mental, Rafa, para serte fiel.

sábado, 28 de enero de 2012

JORGE BUSTOS


Valencia tenía ayer un cielo pérfido y vienés, porque llegaba un cronista con sentido moral. No debe de haber mucha gente con el privilegio de poder salir al mundo para contarlo, ni muchas cosas que tengan el privilegio de que las cuente Bustos. Yo esperaba en la barra de un restaurante de arroz, porque mi ciceronismo es llevar a la gente a comer arroz, y de repente encontré a un chaval con pinta de bajista de El Canto del Loco.
El nuevo articulismo español es francamente guapo. Si ya tenemos que leer a Jabois a escondidas para que no lo vea la novia y se nos enamore (¡Estás amando a Manuel!), con Bustos se actualiza el problema de la belleza del otro, que es una cuestión candente y principal. ¿Qué hacemos con la belleza del otro? Pues supongo que lo mismo que con sus ocurrencias, celebrarlas.
Quedará Bustos muy bien en las tertulias de la derecha íngrima, porque en realidad Jorge representa la malformación feliz de un derechismo y en su óptica bienhumorada se deja ver el trasfondo sólido, edificado, sintáctico, de la mejor derecha.
Porque para mí Bustos representaba la sintaxis, pero es que resulta que el chico sabe latines y lee griego y en sus textos hay siempre el hormigueo latino y clásico de la buena sintaxis.
El sintáctico anda siempre traduciéndose a si mismo.
La sintaxis es el andamiaje de la obra, del curro que es pensar.
Y convinimos ayer que columnismo es abajar a Baudelaire y subir a Cosculluela, una objetividad lírica y además una forma de amistad.
Columnismo es amistad y es el género chico y desastre en el que todo cabe.
Jorge, con Jabois, anda formando una generación, y en cada copeteo parece que le está rindiendo un homenaje a Góngora. Ser cronista ha de ser como mirar la realidad con los ojos con que se ve la televisión, pero en Bustos no hay cinismo porque Bustos es el cronismo salubre y el humor abierto.

Sintaxis y humor, ¿qué más le podemos pedir a un periódico? ¿qué más le podemos pedir a un escritor?

Uno ya sabe qué es eso de que le mire un tuerto, ¿pero cómo es que te mire un cronista?

Hay una radiación hilarante de literatura en la mirada de Bustos.


Salimos del restaurante con el ojeo condenatorio del camarero, al que quizás le devengamos alguna hora extra. Antes, un periodista valenciano, celebridad local, miraba a Jorge, sin él notarlo, con melancólica resignación.

De allí fuimos a comprar literatura y con libros bajo el brazo, como dos calaveras de una bohemia sin tristeza, nos fuimos de copas.

 Bajo Magan, que es nuestro Wagner, honramos a los mayores e hicimos lo mejor que se puede hacer en la vida: el inventario de generosidades.

Y esta mañana dejaba Valencia Jorge Bustos, como dejan las camas algunos amantes, y el campismo, ninot indultado, respiraba, porque tuvo que llegar a esto para que lo contara él. ¿No es la actualidad un enorme aparato que organizan algunos para ser negrita en las mejores columnas?

Convinimos, ante todo, que hay que escribir, que el infierno es no poder adjetivar, y convinimos también que el periodismo es espontáneo, ligero, amenazado y eterno, como la amistad.

martes, 24 de enero de 2012




EL RETORNO DEL SABAÑÓN


La crisis económica que padece la Comunidad Valenciana ha provocado que cerca de cincuenta mil niños asistan a clase en aulas sin calefacción. Esta noticia ha despertado un cierto revuelo social, porque la gente, en lo tocante a la infancia y lo educativo, es muy exagerada y cae pronto en un alarmismo muy rudioso y proteccionista. ¿Acaso no clamábamos por un endurecimiento del sistema educativo, por una vuelta a los orígenes de la instrucción? Pues hela aquí, sin necesidad de reformar la Ley Educativa, que es tan mudable e íntima a cada gobierno como la colcha de la cama de matrimonio en la Moncloa. Así se ha cambiado el sistema sin necesidad de politiquerías y sin pedagogos barbudos que conviertan al niño y su mecanismo en un teorema, tan solo por la pura pedagogía del frío.

Siempre nos han contado que Nietzsche estudiaba y escribía sin estufa, y vaya si le aprovechó, así que la derecha valenciana quizás haya reencontrado, por la vía del déficit, el tan anhelado principio de excelencia, cuando no también el principio de autoridad, porque a ver quién es el guapo que rechista en una mañana de invierno.

Estas aulas valencianas van a deparar un nuevo espartanismo de niños serios, reconcentrados y estudiosos. El frío aleja la sensualidad, quita la tontería y es lo mejor para desasnar a las criaturas, que aquí vivían como sultancillos en babia, siempre mirando las palmeras a ver si caían dátiles.

Es el retorno del sabañón y quizá sea el momento de traer de vuelta a los Reyes Godos, que casi que apatece estudiarlos con este frío.

El frío es un maestro formidable que excita la memoria, que es una facultad del alma olvidada y por eso el alma moderna tiene como una falta de consistencia, de coherencia. Asistir a clase con el calorcito artificial y picajoso de la calefacción era el principio del un desmoronamiento social, de un niño blandito y remolón y de un adulto socialdemócrata y subvencionable.

Frío, escarcha, manecillas lívidas alzándose obedientes para contestar al profesor, tizas tiritando en la pizarra y ejercicios de álgebra gélida con mitones. El castañear de dientes de leche. El sonido de la educación, por fin.

lunes, 23 de enero de 2012



UN TEXTO (un poco bodrio) MADRIDISTA: RAZONES PARA EL MOURINHISMO

En su Barra Brava de hoy, David Gistau, con poderosa concisión, retrataba un Madrid polarizado alrededor de Mourinho, por causa de los ataques que sufre el portugués. Tienen sus artículos de los lunes una cosa muy necesaria:la vocación de reordenar la cabeza del madridista tras el ruido liguero. Este periodista hace la crónica, pero además reubica al madridismo, le da siempre un norte. Hace un saldo, señala la distancia con su historia y con el Barcelona, al que se persigue como a una liebre. Hace Gistau, en resumen, una topología madridista cada lunes, que es lo contrario del gallinero mareante de las tertulias. Eso es madridismo, y si además está bien escrito, pues mejor.


Inspirado por lo suyo de hoy, a continuación, y con brevedad, por no aburrir (más) y porque me tengo que hacer la cena, repasaré las razones, mis razones, para el mourinhismo, como un intento de futura exploración de una tercera vía para el madridismo, si es que fuera posible una tercera vía, que las terceras vías parecen por definición salidas moribundas.

Mouurinhista lo es uno por razones culturales, por razones futboleras y por razones madridistas.


Mourinho es tan necesario a la España actual como hubiera resultado George Best a la España de los años sesenta. No me extenderé, pero el portugués es viril, seco, íntegro, profesional, competitivo y tiene una moral señorial. Es como un Nietzsche que se puede explicar en la escuela. Al respecto, recomiendo la visión de Ruiz Quintano, que desde hace tiempo le está dando al mourinhismo un calado profundo desde sus columnas engastadas, donde lo popular resuena.


Como aficionado al fútbol, Mourinho representa la posibilidad de que otras formas de juego, otras formas de disposición en el campo, de manejo de la pelota, otras geometrías y otros ritmos puedan ser aceptados, y más allá de su democrática aceptación, consentidos como alternativa por ese canon hegemónico del fútbol de toque, del tiquitaca, que ha sido elevado por una determinada prosa a la categoría de arte, como las croquetas de Adrià. Esa prosa, martilleante, cursi, dominical, ya “puso en la frontera” a Capello. Mourinho es la pluralidad futbolera.


Como madridista, estrictamente como madridista, Mourinho representa dos cosas: la independencia de criterio del club, algo que importa, pero menos, porque eso pudo simbolizarlo un Emerson antes, un Capello, o ahora un Pepe. Es decir, la capacidad del Madrid para ser una organización clausurada, autónoma, impermeable a ciertos niveles de presión. Independencia es hacer algo no determinado previamente por las portadas del Marca o por los editoriales con foto de Relaño.


Pero más que eso, Mourinho es la culminación del florentinismo, lo que le faltaba a la melifluidad florentiniana y a su concepción infantil, ridícula y antifutbolera de este deporte.

Florentino, en su primer advenimiento, se encontró dos cosas: una entidad esperpéntica y una plantilla lujosa. Arregló lo primero y lo segundo lo completó con balones de oro y mientras duraba lo primero y rendian los segundos, todo fue memorable –memorable aunque criticado, igualmente criticado por la constante beta del antimadridismo, recordemos: virtuosismo, prepotencia, individualismo, neocolonialismo, etc…-. Después, el equipo se hundió, porque Florentino, que era como un jeque árabe para algunas cosas, no creía en los defensas, ni en los jugadores que no fueran canteranos o balones de oro. Cuando admitió, tarde, su error, fichó a Walter Samuel, que era como un portero de discopub. Luego aprendió, echando cuentas, que a veces el balón de oro era mejor ficharlo antes de serlo, y entonces llegaron Robinho y Cassano. Algo fallaba, estaba claro, la magia se había perdido. El Madrid no tenía eso que se llama “estructura deportiva”. Sí, tenía señores educadísimos que cumplian como diplomáticos en los descansos, que aguantaban con flema infinita, a veces como auténticos mártires, las provocaciones de los Del Nidos, pero no había ni manager, ni entrenador estelar, ni Monchis que trajeran brasileños ignotos como Baptista o Alves,  porque el Madrid, influído por la prensa, no pensaba que fuera conveniente fichar un entrenador que llevase la contraria a Manolo Lama. Así, el Madrid fue entrenado por Queiroz, Luxemburgo, López Caro, los Hernández Mancha del banquillo madridista. Estuvo Camacho, sí, como el Cordobés de los madridistas castizos, pero no duró ni un trimestre. Antes mandó Del Bosque, herencia de Sanz, el señor que antes había reconocido su aspiración de perpetuarse como el nuevo Molowny. Muchos madridistas no entendimos tres cosas de Del Bosque: su pasividad en el motín del alirón, el petardazo de Turín y, esto es una obsesión personal, cierta entrevista a la cadena cope en vísperas del definitivo Atlético-Real Madrid. Del Bosque fue valorado como gestor de egos, y su vestuario era un laissez faire, laissez passer, aunque su mayor obra fue ganar la octava con una banda de boleros a la que organizó sobre el bendito 5-3-2, algo que ahora sería prohibido por el Ministerio de Cultura y Deportes.


Así las cosas, el florentinismo, que era la continuidad de Don Santiago, la restitución del Madrid a su ser, sus maneras, su lugar y su patrimonio, repetimos: la única forma de mantenimiento y preservación del patrimonio cultural, deportivo y económico del madridismo, esa experiencia epopéyica y transcontinental, se apagó. El florentinismo murió, entre las risas de todas las tertulias deportivas y, doy fe, se celebró con tracas por los aficionados rivales. El imperio, como en Roma, se desplomaba, y en provincias quedábamos a merced de los Albeldas, gobernadores despóticos, sin grandeza, ni púrpura, ni derechos.

El club de los manguitos y el papel cebolla de Fernández Trigo había llegado a ser modelo de gestión en las escuelas de negocio del planeta, pero no hubo nunca un poder deportivo fuerte. Era un madridismo blando, y quizás, esa blandura se trasladaba al campo y al discurso en las salas de prensa. Un Madrid maleable, algo viscoso.

Tras Florentino, hubo un período electoral con un candidato, Villar Mir, que se tachó de continuista y de elitista porque el señor contaba con el apoyo tácito de Florentino y con la desdicha de tener varias carreras, un pasar y un perfil socológico así como conservador. En un debate electoral, otro candidato le llamó superhombre, y pidió para si el voto de los madridistas normales, de los madridistas sin estudios. Contemporáneamente, en la España política mandaba lo que mandaba.

Villar Mir, que ciertamente no era un hombre al que Dios hubiera adornado con el don del carisma, propuso al madridismo más florentinismo pero con el añadido de la estructura deportiva: seriedad, rigor, ortodoxia contable, trajes oscuros y un entrenador mandón, que probablemente hubiera sido Lippi, el Paul Newman campeón de todo con la Juventus y la Azzurra. Esta apuesta, que salvaguardaba el decoro institucional y proponía una alternativa realista a los desvaríos de Florentino, fue masacrada periodísticamente y, claro, ganó quien ganó. No me extenderé sobre ese periodo oscuro, sólo dejaré una sucesión de palabras: Nanín, chaquetas estilo Luis Aguilé, la esperanza de ver a Vlado Divac, un palco con el señor Rojo, Emerson y Cannavaro como fichajes estrellas, la promesa incumplida de los cracks, las sacas de votos por abrir, Mijatovic, la policía judicial, los saltos presidenciales en Zaragoza, el despido de Capello…

El Madrid se convirtió en una especie de Malaya, en un club gilista, mientras el Barcelona enderezaba su rumbo deportivo (Cruyffismo) e institucional (Nuñismo y pasión nacionalista) con Laporta.

Tras años de irrelevancia deportiva y de empobrecimiento, al borde de la reaparición de Sanz Mancebo, llega, no sin dificultades y palos en la rueda, Florentino, de nuevo con la vara de mando de Don Santiago y en pocos meses devuelve al club la tranquilidad, la seriedad y diría que la prosperidad.

Pero deportivamente se apuesta por Pellegrini, un “perfil bajo”, de nuevo con la portavocía de Valdano. Además, y ésta es mi mayor crítica, mi única crítica al Florentinismo, sin darle lo necesario, porque Pellegrini hubiera necesitado un tercer volante, Silva, para competir con el Barcelona y para desarrollar su fútbol sobeteador y acariciante, su arrullo futbolero. Pellegrini era apuesto y dulce como Valdano, ingeniero como aparenta serlo Bielsa y de un menottismo asumible. Pero sin Silva, sin Cazorla y vendido Sneijder, que era un volante de fútbol lacónico, la plantilla le quedaba extraña: Alonso, el caótico Lass y mucho delantero. Lo de siempre, la cojera de siempre. El chileno, persona educadísima, parecía un galán de sol de otoño, pero le faltó, siempre le faltó, la vibración napoleónica que necesita un entrenador en el Madrid, porque el entrenador de este club, como de algún otro, no entrena a futbolistas, sino que motiva a poblaciones enteras. El Madrid es un estado sin territorio, o con un territorio mínimo, y su pueblo, su afición millonaria, en la diáspora, necesita un líder.

El entrenador de fútbol es un líder político.

Desesperado, ante un Barcelona hegemónico, Florentino supera dos escrúpulos: el del perfil bajo y el del jogo bonito y, movido por la responsabilidad, la urgencia y la conciencia de que una eliminación más a manos del Olimpique hubiera supuesto la devaluación del madridismo hasta la condición inofensiva de  nostalgia, como un Benfica o un Liverpool, y desoyendo las amenazas periodísticas (¡pero no se atreverá!) contrata a Mourinho y con ello, como si recibiera un sacramento, acepta todos los dogmas y clasicismos del fútbol. Es como si de pronto Florentino hubiera fichado a Helenio Herrera. Floren, el heterodoxo, ese bernabéu que no sabe de fútbol, acepta en Mou, como una oblea, el santo sacramento del balón, su clasicismo y, por fin, integra el banquillo en la profesionalizada estructura del club. El fútbol entra en Flo a través de Mou. Florentino, completo, ya es un ser empresarial y un ser futbolero y se le pone gesto de Don Santiago y hasta es capaz ya de dar una santiaguina si se le pide.

Y entre ese cuerpo con dos almas, Mou en Flo, y una sucesión orgiástica de copas de Europa sólo hay un obstáculo: Messi.

Llega Mourinho, en fin, y la historia es conocida. Mourinho no es fichado para ganar al Barcelona, sino para ganar al Olimpique de Lyon. En año y medio, gana la copa, disputa la liga a un Barcelona que meses antes había profanado el bernabéu con un 2-6 y devuelve al club a las semifinales de Champions, esa altura competitiva donde los aficionados acudimos nerviosos al estadio o ante el televisor. El territorio legendario del fútbol. Esa experiencia forofa del temblor y el mordisqueo de uñas, niños y adultos, adultos como niños, absortos ante la televisión. Ahí, donde el madridismo se hizo a si mismo, nos devolvió Mourinho. Florentino nos saca de las páginas de sucesos y Mourinho nos devuelve a la Gazzetta dello Sport y a L’Equipe.

Por eso, y porque además creo que que Mourinho, quizás por intermedio de Florentino ha suavizado su irresistible y agresiva brillantez (en España conviene ir con cuidado a ese respecto) y porque creo que su planteamiento de tres defensas ante el Barcelona es brillante, legítimo, responsable, útil y un reconocimiento implícito de la grandeza del rival y de su propia humildad, y porque abre una puerta a la riqueza conceptual del fútbol, para que el fútbol pueda no ser solamente el discursivo soliloquio de nuestros maravillosos centrocampistas patrios, y porque creo además que ese sistema, con Pepe como protagonista, pese a su disfunción, es el único que ha demostrado ser capaz de convertir a Messi en la irrelevancia que a veces es con la albiceleste, por todo ello considero el mourinhismo una forma acertadísima de florentinismo, la forma que adopta el florentinismo en este momento, un florentinismo irónico, por fin, y combativo, menos solemne, una piel que adopta el florentinismo, que no es sino la continuidad del espíritu de Bernabéu, que es el verdadero señorío de madridismo, porque señorío es Don Santiago fumándose un puro y Don Santiago era también manchego y, a su modo, también mediterráneo. Por todo lo anterior, en fin, entiendo que el mourinhismo es florentinismo, y que éste es la única manera inteligente y provechosa de ser madridista en la actualidad.

Porque el Real Madrid no es un equipo de fútbol más, es una pasión y un acervo constantemente amenazado de muerte.
Pero ese es otro tema.  

domingo, 22 de enero de 2012




REAL MADRID 4, ATLETIC 1. MI VERDAD.



Mientras escribo este textillo, Mourinho está pasando sesión de control con los chicos de la prensa. Las preguntas versarán sobre su relación con el vestuario, los capitanes y el público del Bernabéu, que habrá dejado escapar alguno de esos silbidos rezongones que suelta. Me lo imagino respondiendo como un anciano diputado inglés, con lumbre en los ojos y una ironía de Bernard Shaw.

El Madrid recibía al Athletic sabiendo que el Málaga de Pellegrini había recibido cuatro, pese a haber intentado tener la pelota más tiempo que el Barcelona, en contienda de corrección política y buenas maneras, y además pesaba el postpartido de copa y la portada mañanera del Marca. El público estaba tontorrón, pitañero, silbatriz y parecía que muchos traían bolsita de agua caliente para los riñones.

¿Quién iba a ser el pagano? Parecía que Kaká. Mourinho sacaba a sus dos mediapuntas, a ver si iban cogiendo el tono, pero al equipo le costaba. Granero, que parece una muchacha griega y le hace a uno desear sacar el caramillo, mejoró, y dio fluidez, pero tiene cierta parsimonia muy canterana y algo, una incapacidad para la explosión, de chut o carrera, que hace a Xabi Alonso parecer intenso.

Xabi Alonso saca las faltas con cara de resolver una cuestión crucial.

El Athletic salió muy bien, con las ideas de Bielsa muy en la cabeza. Bielsa parece un novelista en chándal dramatizando a sus personajes. Sus chicos, los nuevos leones, son una chiripa eugenésica de Lezama. Destaca Muniaín, que en la segunda parte le hizo un túnel a Lass de los que embarazan en los dos sentidos de la palabra.

Muy bien plantado el Athletic, con el prestigio táctico de este entrenador maniático y científico, y yo sonriendo, imaginando a Erkoreka satisfecho en el palco:

-Mira, Patxi, ¿lo ves? ¡El I+D! ¡El I+D!

La defensa del Madrid era como un congresillo socialista y Ramos era la Chacón y en una de ésas marcó Llorente, que se dirigió a la cámara con la mirada alienígena que comparte con Navas.

Casillas ponía caras, al estilo de lo que hacíamos de niño en el coche paterno cuando queríamos evidenciar nuestra disconformidad con el destino familiar.

El ataque del Madrid era una timidez y un mar en calma, solo roto por una ola solitaria y lejana: cualquier desmarque personalísimo de Cristiano, el empecinado.

La capacidad de Cristiano de comprometer en cada lance su prestigio es algo envidiable y asusta pensar que se haya negativizado en nuestra España de los medios tiempos.

Lo bueno de estos goles rivales es que lleguen pronto, porque a partir de ellos se recompone un poco la unidad del madridismo, o como dirían en Marca, la Unidad del Madridismo. Se agradece el sopapo y el equipo se pone a la tarea.

Lo primero fue un slalom de Marcelo, que tiene el efecto ofensivo de un Cafú (que es Ozú en carioco). Lo celebró con rabia y entre el público descubrí un nuevo tipo de aficionado: el japonés: el español inequívoco que al marcar el Madrid no aplaude porque tiene las dos manos ocupadas en sostener el aparato con el que graba el juego.

En unos años, el Madrid tendrá que contratar a Jaime Borés para conseguir que la grada vibre.

Tras el gol, el Madrid se entonó y Cristiano tuvo premio a su tesón con dos penaltis de ejecutor. En el equipo despertaba Kaká, que aparece en la media punta como de la nada, como un desprendimiento del centro del campo. Surge de repente un señor con balón caminando como una modelo de Victoria’s Secrets y resulta que es Kaká.

Ozil dejó detalles de crack. Sutilezas, recortes, vislumbres. Las cosas que no hemos tenido durante la primera mitad de liga, sin las que el paso marcial de Cristiano ha valido para alcanzar todos los liderazgos.

Al final, entraron Callejón e Higuaín, los más queridos y marcó el primero y señaló su escudo diciendo sí, sí, sí…

sábado, 21 de enero de 2012


LA SISA Y EL BIEN COMÚN

El vicepresidente primero de la CEOE ha animado al gobierno español a seguir el ejemplo portugués y preparar la reforma laboral a la portuguesa, como el bacalao. Es tan raro encontrar un agente social feliz –son como adustos agentes rusos, en todos los filmes del espionaje-, que uno enseguida se ha tirado al periódico como si se tratara de ver los números de la lotería de navidad, a ver qué han inventado nuestros vecinos. La reforma lusa incluye menos indemnizaciones por despido, menos días de vacaciones y reducción del pago de horas extrardinarias. “Es una reforma muy conveniente. Creo que deberíamos seguir ese ejemplo. La media en Europa en indemnizaciones por despido está entre 10 y 20 días. En Portugal, 10 días. Lo han hecho por decreto y rápidamente. Debiéramos seguir el ejemplo”.  Tras la lectura de estas recetas, que en los ateneos de la izquierda quizás serían descritas como liberalismo gótico, no me cabe duda de que podríamos empezar a tener contenta a la patronal y hasta cabría pensar en la creación, tímida, eso sí, de algún empleo. Algún empleo experimental en el sector servicios. Con este panorama feudalizante, nuestros empresarios podrían empezar a contratar, aunque es de suponer que aún quedarían algunas rigideces, porque el mercado laboral es como el traje del empresario, en el que siempre acaba encontrando una rigidez:




-No, si el traje bien me está, pero es que me estira de la sisa…






Y claro, la sisa del empresario, la eterna sisa del empresario aún exigiría despedir unos cuantos miles de españoles más para terminar de depurar el mercado laboral. Serían los últimos despidos, saboreados con demorado placer, y una vez finiquitados comenzaría la Edad de Oro de la Contratación. O no, que diría un escéptico.

Más allá del contenido de la reforma, lo que asombra vivamente de esas palabras es el punto de vista subyacente, tan estrictamente propio, una forma de particularismo moderno que desde luego no es exclusivo del empresariado, porque con la legitimación intelectual del lobby y del grupo de presión, se ha reforzado cínicamente el particularismo y empezamos a escuchar demandas infantiles, de una perspectiva tan egoista, tan individual, que olvida al otro sin ningún pudor.

Qué distintas serían esas palabras si incluyesen una autocrítica, una asunción de responsabilidades, un matiz, un compromiso o una disculpa que entendiese y aceptase la situación del trabajador. Pero no, en España, en esta altura del siglo, cada cual se siente lobby, se piensa lobby y considera apropiado exponer unas demandas particularísimas que despiertan en el de enfrente una carcajada de indignación.

El particularismo empieza a ser una desfachatez.

Qué extraño nos resultaría un agente social, o un portavoz sectorial, que no barriera para casa con descaro. Tan acostumbrados estamos ya, que la integración armónica del otro en un discurso, la apelación serena al bien común, el olvido de realidades distintas de la mera ciudadanía, nos sonarían a algo antiguo, falaz, sospechoso y retórico. Quizás el tertuliano sea el único civil, políticos aparte, que como un arcaismo, como una reliquia aristotélica, aún parece librarse de ese vicio. Y esa puede que sea su función social: su ejemplaridad samaritana que tanto nos irrita a la hora del café. La dimensión concernida y pública de todo lo que dice.

El tertulianismo, quién nos lo iba a decir, quizás sea el proyecto cívico para elevarnos por encima de nuestro particularismo, que es nuestra circunstancia convertida en folclore. Yo soy yo y mi curcunstancia, sí, ¡pero la circunstancia incluye a los demás!


 



viernes, 20 de enero de 2012


EL REGRESO DEL TORERO PADILLA


                    Al maestro Juan José Padilla, con mi mayor respeto y admiración.






En este viernes silencioso, sin tacones, ni risas, en el que parece que hasta los ladrones estén parados, se ha presentado el maestro Padilla, como un Mourinho ante la brigada de la interrogación, para dar cuenta de su regreso a las plazas. Ha aparecido perfilado, con su cara de media luna y su gesto virado, enseñando un perfil estupefacto y espantado, su larga mueca de haber visto las postrimerías. Y al finalizar y prometer la vuelta de El ciclón de Jerez, su lado diurno y hermoso ha mostrado una sonrisa feliz, proyectadora y social.

Se fue un torero con dos cojones y vuelve un torero con dos cojones y dos caras, con rostro de claroscuro.

Dijo alguien que el toreo no relumbra si no es con los ojos cerrados y Padilla va a atacar su profesión desde una oscuridad en la que siempre estén brillando formas, soñándose faenas. Porque en su ojo, que sanará pronto, habrá una vida de la inteligencia.

En los primeros cimbreos de su toreo de salón, Padilla habrá descubierto una música distinta de los movimientos, enderezados por un silencio. Una gravedad silenciosa que le determine. Seguro que su toreo tiene un mutismo mayor, más seriedad si cabe.

Su mundo empequeñecido lo tiene que estar mirando mejor, Padilla, con una mirada más exacta y cuando gire o estire su cuello para un mejor ver, para recoger siempre al toro, le estará respondiendo a sus cabeceos de embestida, como jirones parejos y picassianos, en un diálogo de cabezas y perfilamientos.

Va a mirar al toro doblemente, Padilla, con un ojo de Polifemo terrible, y con un ojo oscuro de mirada lunar, que le enseñe al toro la cara de la muerte que él lleva prendida en los pitones. Responderá a la media luna del astado con la media luna de su cara sabia y desdoblada de hombre que lleva un luto en el rostro y a la vez una vida pletórica, decidida y encarrilada, el misticismo de su mirada recogida y concreta, y la determinación clarividente de verlo todo y no estar viéndolo, y de luchar con el mayor esquematismo contra las mayores formas. De responder a una noche con otra noche, dando vida y muerte en los dos perfiles, como un tango de si mismo, dejando una mirada negra que entenebrecerá las cosas para que brillen más. Torero absoluto de la españolidad.

Torero demediado, torero de un gesto, con una cierta mudez de película antigua, llevará frío en el rostro, y el susto de estar a punto de la cogida y a la vez la dulzura de todos los propósitos, de todo su vitalismo cristiano, gracioso y jerezano.

Está más allá del valor, Padilla, y ya no vemos valor en su rostro. Vemos humanidad y pasmo.