Mostrando entradas con la etiqueta cosas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cosas. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de febrero de 2013







EL YOGUR MILBONA


Me he hecho consumidor devoto, fan, que se dice ahora, de los yogures Milbona. Es una marca del Lidl. El Lidl ha renovado mis sensaciones como consumidor. Comprar en el Mercadona a veces parece una experiencia comunista. Al Hacendado le falta ya una cartelería soviética. Ir al Lidl es ampliar el abanico, es renovar esa sensación frenética del capitalismo: elegir. Los Milbona me han seducido por algunas razones. Lo primero es que son poco densos y no demasiado cremosos. Detesto el sabor a fermentación que me dejan los yogures. Cuando me tomo un yogur de fresa quiero que sepa a fresa, nada de recordarme al final que todo eso proviene de la vaca. Milbona hace un yogur lejanamente lechero. Además, prescinde del color. Al no llevar colorantes, todos los milbonas son blancos. Esto al principio fue un choque para mí y una gran contradicción: iba contra mi experiencia del yogur como producto no necesariamente lácteo. Después, a medida que los saboreaba, me daba cuenta que como les pasa a las personas que pierden algún sentido, perder el color acrecentaba la sensación del sabor. La fresa, blanca, era más, cómo diría... más gustativamente fresa. Los Milbona nos enfrentan al producto sin colorantes, a la madurez del yogur sin colorines y eso devuelve el acto de comer al paladar. Creo que en el futuro los productos alimenticios han de ser así, menos visuales. El colorante, reconozcámoslo, no es necesario para el adulto y tomar el yogur blanco con sabor a cualquier cosa nos reeduca. Deconstruye el yogur y nos hace más conscientes de la naturaleza ilusoria de esa industria.

Los Milbona además tienen un colorido muy alegre, que se sale de lo que aquí impusieron los Danone. Yo diría que hasta son horteras. Además, son altos y algo más estrechos de modo que (y esto es importantísimo) cuando los terminas y los dejas con la cucharilla dentro no se vencen.

Todas estas maravillas las pensaba yo con admiración cateta, convencido de que el yogur era alemán. Pero no, están hechos en Portugal.

Algo mourinhista y saudoso, poco comprendido, tienen estos yogures sin color ni lechosidad.

sábado, 17 de noviembre de 2012









CORTADILLOS


Este dulce es mi favorito del momento. Lo compro en el Mercadona en... ¿paquetes de ocho? No caigo ahora en el número exacto ya me duran muy poco. Sucumbo con ellos a una ansiedad golosa que engaño con ensueños, porque tienen un algo conventual, de dulce de Clarisa, de monjita sevillana dale que dale. El cortadillo deja también un regusto árabe, un saborcillo que llega como se nos amorisca a veces un sonido. Aunque yo me monto mi película de repostería de celda y califato, digo yo que esto será bollería industrial como comerse un fosquito porque en el envoltorio, rompiendo su encanto, se nos avisa salutíferamente de que no contiene grasa animal. Aunque manteca, sí, manteca de calabaza hecha hilillo es su cabello de ángel e impalpable azúcar glasé lo espolvorea. Lo traslúcido, lo que no se deja coger. Estos dulcecillos me preparan el gusto para la gloria chusmona de la Navidad.

sábado, 3 de noviembre de 2012





CERVEZA SOL


No soy un gran consumidor de cervezas, vaya por delante. La hegemonía meridional de Cruzcampo me empieza a cansar y he decidido responder a su patrimonialización del sur con más sur, con algo más lejano, sureño y evocador: la cerveza Sol, de la Cervecería Cuauhtemoc, allá por Moctezuma. Lo normal sería tirar por la Coronita, pero es que siempre que me ponen una Coronita me acuerdo de Pepe Domingo Castaño y de su claque gritando lo de fresquita, rubita, coronita y como que no. La cerveza Sol es muy rubia, muy poco amarga, con poco alcohol, una cerveza ligera a la que una gotita de limón o un gajo en el cuello bastaría para convertir en clara. La botella me encanta, es muy internacional, en el casco se lee Moctezuma, Malasia, Hong Kong, Singapore y Sevilla, tiene algo del encanto comercial del siglo diecinueve, un romanticismo import-export. Cuando la bebo pienso que estoy saliendo al extranjero y ese sol surgiendo de las nubes, con ojos tristes de azteca, me encanta. Es una marca futbolera, de estadio y cuentan que su nombre se le ocurrió a un cervecero al observar un rayo de sol cayendo en una olla. Esto recuerda a aquella definición del dry martinio perfecto como ginebra y sólo un rayo de sol atravesando una botella de Noilly-Prat. Esta maravillosa Sol parece que está poetizando la cerveza, como un rayo de rubio sol dorando algún precipitado divertido.