viernes, 6 de enero de 2012




CARMEN Y EL APARATO


El PSOE, tras la debacle electoral, anda grogui y desnortado como un boxeador. Ahora, le toca refundación, muy lejos como está de la lactancia presupuestaria, que los partidos ya se sabe que son mamíferos presupuestarios. Tras la contienda con la derecha, toca contender hacia dentro, que así se refundan los partidos y se aquilata el mensaje al nuevo elector.

Se redactan manifiestos-la política, como la poesía-: El 'Yo sí estuve allí' y el 'Mucho más PSOE' (¿más?), y una vez redactados se irán firmando, polarizando la vida socialista. De ese nuevo sectarismo saldrán dos tribus árabes que sólo podrán ser una tras la batalla cruenta y antropófaga del congreso, del que saldrá el líder que devuelva el socialismo a la Tierra prometida del BOE.


De un lado, Rubalcaba; Del otro, Carme Chacón. Y de parte del primero ya se ha puesto Zarrías, fontanero del partido, y demócrata perfecto que un día votó con los pies en lo que quizás sea el más grande momento de la democracia ibérica y un inicio posible para la democracia cuadrúpeda, posible aperturismo al sufragio de las pezuñas y de las extremidades distintas. Así que Carme Chacón parece tendrá que luchar contra el aparato para liderar el partido, como una rebelde, como una proscrita almodovariana. Desde el Aparato mandarán constantes sms a su oponente, que estará siempre informado de dónde está todo el mundo, como a los demás nos informan de los resultados del fútbol cuando salimos a cenar.

Sintiéndose ungida por las circunstancias, ha dicho doña Carme que ya está preparada para encabezar“un tiempo nuevo en el socialismo español”, con esa voz de haber inhalado un helio de solemnidades que se le pone. Como inicio de esta nueva campaña cainita, se irá al pueblo natural de su familia, Olula del Río, en Almería, donde inevitablemente se españolizará, sin mucha maña, como jugando a ser la Carmen de Bizet, con españolidad acartonada, llena de tópicos, muy exagerada. Miguel Barroso puede ser imaginado como el torero Escamillo. La Chacón es la continuidad del socialismo débil, la retórica arroba y el federalismo de plexiglás, pero si sabe sacar la folclórica que lleva dentro (todos la llevamos, creo), ya tiene los votos de Cataluña y de Andalucía con las que organizar la Reconquista de la Ubre Pública, porque el folclorismo será para ella acertar con la nueva sensibilidad populista.


Mientras, Zapatero, zen y lobotomizado de poder, ha pedido tiempo para "que las ideas y el debate fluyan" -ideas como nubes- y Zerolo, incansable, tuitea poemas con los que parece querer forzar un olvido. Mi socialismo era el suyo, el del auténtico talante, el de los Pactos de Toledo del Amor, una segunda transición de la sensualidad. La verdadera tercera vía española, que se va a quedar en un socialismo cursi, retórico y sentimental para tiempos de improbable superavit.

jueves, 5 de enero de 2012




NOCHE DE REYES



Hay un clamor crítico esta noche de reyes porque los Baltasar de las cabalgatas no son negros verdaderos. Se dice, no sé sabe si por austeridad o por verismo o por un afán de integración, que habiendo tanto negro o subsahariano, el rey negro de la cabalgata no debiera ser un blanco betuneado.



Nadie quiere reparar en que a lo mejor los negros no quieren ser Baltasar, que sería como ser mayordomo, trompetista de jazz o la negra de Lo que el viento se llevó. Los negros lo que querrán es que un blanco haga de rey simpático y exótico. Hay tanto negro cargado de regalos y cacharrería ambulante, buhoneros de la ilusión africana y colorista, siempre con su regateo de sonrisa -que estos africanos dulces no tienen aún la radicalidad del precio y fluctúan como un Ibex- y van cargados algunos de ellos con tanta cultura al hombro o tanto bibelot, que lo último que querrán es rendirse a la ensoñación occidental y ser el contrapunto negrata en la fiesta del regalo, como el rapero que aparece en todos los video clips con gafas de sol y actitud gangsta. No, Baltasar era el Puff Daddy de las epifanías, pero considero que no es lo mismo un Baltasar que un negro. El Baltasar era el rey sonriente, maraquero, y concordante, pero es que era un blanco exagerando su bonhomía, ¡un blanco haciendo de negro! Un negro real, lejano o aborigen, seguramente no sería tan simpático, de la misma forma que los tíos disfrazados de mujer son infinitamente más femeninos y accesibles que las verdaderas mujeres.



Ya tienen bastante muchos negros subsaharianos con hacer de Baltasar sonriente de la fruslería en las playas, terrazas y esquinas de España entera. Dejémosles descansar.



Baltasar era la falsa negritud, la fantasía nuestra de lo que era un negro. El Tío Tom lejano de nuestras navidades, en las que estábamos ansiosos de exotismo t concordia universal.



Y sabemos ya que los reyes son los padres, pero ¿quiénes son los reyes de las cabalgatas, de todas las cabalgatas de España? ¿Y quiénes los Baltasares?



Mi amigo vive en un pequeño pueblo cercano a la ciudad y allí el ayuntamiento ha municipalizado la fiesta de los reyes Magos. El Ayuntamiento confisca/recoge los regalos y los entrega a los niños en una ceremonia socialdemócrata en el Polideportivo local. El gobierno municipal gestiona la celebración y unos concejales, entre lo entrañable y lo carnavalesco, hacen de reyes magos, pero unos reyes magos cada vez más papa noel, con mucho jojojo y mucha palabrería jocunda, porque esa ha sido otra reciente contaminación anglosajona: los reyes antes eran de pocas palabras, porque venían de muy lejos y resultaban misteriosos como chinos. El caso es que al hijo de mi amigo el regalo se lo va a dar el Ayuntamiento. Ni los padres, ni un negro del África con sonrisa de marfil y atavíos de oro: un ente público, cargado de buena voluntad. Al menos por este año, antes de que Soraya pueda enterarse.


miércoles, 4 de enero de 2012



UN RATO DE TELE: MYHYV: LA SEMIFINAL DEL JOSÉ LUIS

José Luis es el tronista al que ha ensombrecido Ferchu. Cierto es que no tenía su encanto. José Luis es un mecánico mallorquín con unas orejas retorcidas de soplillo, como mordisqueadas por arriba, como si se las hubiera dejado así un jesuita que le regañara de niño a base de tirones. A mí este chico me ha recordado a un joven Manolo Escobar y alguna vez hasta ha cantado y todo, en la estela Triunfito, canciones muy dulces de amor. Una vez tuvo una cita coral con una chica en un parque. Le entró el ataque bucólico y a la chavala le respondía trinando, luego la chati resulto que era actriz porno y nuestro tronista se derrumbó un poco.

José Luis ha sido el amor masculino edificante y desesperado.

Las chicas que le han sobrevivido a la semifinal son cinco morenas: Saray, Nadia, Marina, Yasmin y una exnovia, Inma. Todas morenas y todas con la constancia vocálica de la a y de la i, de ai, de lamento, porque José Luís, hay que decirlo, es un sensible, uno de la estirpe de los efrenes. El programa va desmoronando fachadas y cuando le toco a él, apareció el trauma de la infidelidad. Carga el tronista con unos cuernos traumatizantes y necesita seguridad y por eso va con pies de plomo, siguiendo el “método de la balanza”, según sus propias palabras, separando grano y paja en cada mujer y sopesándolos en la balanza ecuánime de su desconfianza.

Inma es una exnovia comprensiva y dulce que aún ama y está buena, pero tiene un pelo malva que combina arriesgadamente con zapatos verdes, en estilismo brujeril.


Yasmin es una madre rotunda y llana, a la que quizá le falte aliento romántico. José Luis, que es muy niñero, no penaliza la carga familiar, sino que lo considera un atributo.



Las dos favoritas son Nadia, con pasado anoréxico y buenas piernas y Marina, dulce, pija, ardillita y muy sentida, que llora desgarrada cuando José Luis besa a otra. Marina es la favorita en el corazón sopesador y tenderil de José Luis.


La que quedaba era Saray, jamonísima andaluza, favorita mía –qué ojo tengo-, algo siesa, que no terminaba de llenar al tronista, porque era distante, fría. Esas bellezas que siempre están a dos metros, por mucho que uno se acerque. Saray, viendo que no llegaba a mayores, salió una noche y cruzó miradas con un varón que la cautivó rompiendo las reglas de castidad tronista. Luego se ha sabido, en trance de expulsión, que el maromo en cuestión era un futbolista. A Saray le da lo mismo, ya le acompaña al traumatólogo y parece que se pega el lote en callejones oscuros (¡Callejones! Dios no lo quiera). A la chica la han echado y ha tenido que sufrir la vergüenza de ese plano en que la expulsada sale del mismo mientras recibe, vejada y sin poder defenderse, la condena de Rafa Mora: “¡suelta, que eres una suelta!”

Saray, que era la más hermosa con diferencia, ya no podrá volver a MYHYV, y pasa a formar parte del mundo de tinieblas de La Posada, sin bolos, ni eventos, a merced de la depredación de los futbolistas. Es la severidad moral de este programa, que no castiga el desliz, ni la cama, sino la falta de sinceridad. Se puede ser todo lo suelta que se quiera, pero si se cuenta en plató: la fidelidad es al guión y al programa. Y hay chicas que engañan al programa con el futbolista y esa es la tentación a la que se tienen que someter. Ante la fidelidad al programa (todo el romance, romance de plató), el futbolista les exige secreto y anonimato y, claro, sucumben.

MYHYV es el vivero de las personalidades televisadas.

José Luis se ha quedado con tres ara su final y ha montado un numerito viendo fantasmas y desconfiando de todas. A Yasmin la ha echado por mirar a un italiano. Es un intenso, José Luis. Tan intenso que a una le ha dicho que hay que estar “a las duras y a las canutas”. Como Álvaro, el pretendiente de Laura, que está siempre al borde del ansiolítico. Individuos fornidos que lloran ante las mujeres y tienen que abandonar el plató porque no pueden con la tensión. Al programa le faltaba la credibilidad calzonaza del tronista y los del casting se deben estar volviendo locos por los gimnasios buscando cachas hipersensibles que, después de Ferchu y su besuqueo loco, besen como besaban nuestras abuelas.

LA QUINTA DE TWITTER


Al Madrid, que no saca futbolistas, le ha salido una generación de chavales que le están ganando las batallas en el mundo seco, interiorizado y de colmena de internet. Estos días se andan reuniendo por Madrid, viendo cómo al Madrid de Mourinho todavía le salen asomos de Juande, terrores invernales de López Caro. Vuelve Benzemá a dejar entrever que tiene más que Cristiano, como un cantante fino, y que además es un antinueve generoso y social que hace mejor a su rival Higuaín justo cuando podía hundirlo –Benzema es raro hasta para eso- y todo lo están viendo, diciendo “¿lo ves?”, estos tipos que desde las profesiones y lugares más diversos están contándole al Madrid cómo es el Madrid, a ver si se entera, muertos de miedo de que deje de serlo alguna vez.


La cosa empezó en la guerra personal, numantina y antibarcelonista de Buitre Buitaker, y siguió en la gran nave de fansdelmadrid, que pilotó el socio, Mario, con una fé antisocial de heterodoxo orientalista y freak. Allí empezaron a llegar chavales que tenían la pasión merengue, el amor analítico y el gusto por la prosa. Al Madrid, que había sido siempre la gracia espontánea y la barbarie, le salió el adjetivo y el equipo macho comenzó a ser pensado por chicos que echaban al club con mimo en el diván en el momento en que más lo necesitaba, mientras los periodistas se lo comían y bebían todo en el Txistu y sus tertulias con flato.

Hartos del Marca manoseado del bar y su pensamiento de infografía y sospechosos de la censura bienpensante del AS, completan sin proponérselo la obra de Florentino, al que le ha faltado siempre la justa expresión que tenía Mendoza, ese talento último; ingeniero sin ingenio. Ha habido un madridismo, casi todo, que no ha comprendido nunca el carácter mesiánico de Florentino, que siempre ha sido más Luis de Carlos que Bernabéu.
Tienen el auspicio –uno físico, abrazado, y otro silencioso, intuyo que de callada simpatía- de dos de los más grandes escritores de periódicos y se les ha sumado ya en alguna juerga el que va camino de ser el tercero y con ellos han elegido a Mourinho como pendón y baluarte, porque además Mourinho se deja metaforizar como un torero.


Esta quinta, los García del periodismo gonzo, le da al Madrid el sentido que va perdiendo por la hostilidad sistémica de España y por la endogamia callada e imbécil de una grada en la que ya parecen todos primos. Con sus relámpagos de ingenio y con sus crónicas amateurs, le devuelven al Madrid lo que antes tuvo: el brinco, lo popular, el ingenio, el callejeo que los ojeadores se llevaban a La Fábrica. Todo lo que tenía Juanito, su famoso espíritu, lo que se invoca en la ouija colectiva del minuto siete: la rebeldía y la pillería que el canterano madridista ha dejado de tener. Lo que le queremos ver a Callejón, vaya, porque todos miramos a estos canteranos como miran los padres a los hijos que quieren ver convertidos en futbolistas, cuando no va a poder ser.



Hace ya tiempo que me pasa lo que antes no me ocurría: que lo mejor del Madrid no lo encuentro en el campo, sino en la narración coral y encabronada de estos chavales que son los Portillos que no llegaron nunca y los amigos que tenemos siempre  que no queremos ver al Madrid solos. 

martes, 3 de enero de 2012

Cuelgo dos textillos que escribí en diciembre sobre locales de ocio en Cádiz. Los escribí como comentarios apresurados en el blog de Pepe Landi http://lobeli.net/ Pepe creo yo que es uno de los mejores periodistas de Cádiz y en ese blog y en otro que tuvo le va saliendo, con el encanto del pasatiempo, una crítica cívica, apasionada y nostálgica de los lugares de su ciudad, que no es cualquier sitio, dicho sea de paso. Si alguien ha de ir allí, su blog es referencia obligada.

Yo de gastronomía no sé, no sé de nada yo, pero quería contribuir a tan estupendo sitio.

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CÁDIZ I: EL ENTREABIERTO, EL ROCKÓDROMO, LA CALLE SOPRANIS, EL SPAM Y EL MÍTICO CAMBALACHE


Me puso muy contento ver la foto del Mágico que colgaste, porque oye, yo comía ya mucho atún, pero pienso seguir su consejo, porque creo que en el atún, en la lata de atún, hay proteina de atleta, salud, economía pero quizá el secreto de la genialidad de Mágico Glez.

Me voy a permitir contarte aquí algunas visitas a lugares y establecimientos de Cádiz. Me gustó mucho lo que escribiste del Rockódromo, porque allí he cogido yo dos o tres castañas muy profundas. El santuario de lolipop, con esa puerta abierta a la claridad del mar y la playa, me recuerda a la escena inicial de Centauros del Desierto, cuando salen de la casa oscura hacia el paisaje. De allí salimos alguna tarde tambaleantes como John Waynes mientras sonaba rock psicodélico.

El otro día estuve en El entreabierto, cerquita del Ayuntamiento. Es una terraza breve, junto a una plazita cúbica, hermosísima. Uno se sienta y por una vez deja de mirar a las muchachas para mirar a las palmeras que crecen onduladas. Una plaza diminuta y vertical, cuyo nombre ignoro. Otra belleza más para el catálogo de plazas de Cádiz, que es el mirador interno de la ciudad, su otro mar.


La primera sorpresa del lugar es que tiene una carta estacional y con autoría. Que alguien firme la carta, que haya chef con nombres y apellidos subyuga mi catetez y tiene sobre mí el efecto de hacerme un comensal agradecido. Es como si alguien me llevara a comer a su casa: por fuerza le tengo que alabar los platos. En este caso, la verdad, es que era algo merecido. Me gustó sobremanera la oferta de tapas. Yo en Cádiz noto una cultura de la tapa que no existe en otros lugares de España ya, martirizados por las franquicias y el amateurismo y la gilipollez, pero ese culto a la tapa se ve afectado a veces por el tipismo de la tapa y el clasicismo de la tapa. Va uno a muchos lugares y el tapeo se mimetiza y por eso está bien que se renueve la oferta y alguien nos sepa sorprender.


Allí comimos unas deliciosas croquetas de espinaca y gambas. Yo de pocas cosas sé, pero de croquetas sí, yo soy un croquetólogo avezado y en esas cocretas concretas de la bechamel exacta no vi la pesantez grasienta de su rebozado, ni el tropezón indigesto. Cocretas excelsas, servidas sobre una especie de tabla cerámica y porosa con un dibujo de Pedro Ximénez, con motas de pimentón, que le daban arte y creatividad al acto atávico de mojar un poco la cocreta. Además, tomamos un medallon de ternera relleno de verdura y bacon, con salsa de pimienta. Sabor excelente, tapa suntuosa. El problema, quizá una obsesión personal, sea que la salsa siempre me parece excesiva. Deberia haber una Internacional Gastronómica que determinase en un Congreso Extraordinario la proporción exacta de salsa en cualquier cosa.


El precio es algo superior al normal, pero considerando la calidad, el ingenio y, ya digo, esa plaza diminuta y elevadora que tiene al lado, lo paga uno encantado.


Tras eso, nos fuimos en busca del calamar relleno del Bar Noya, en la calle Sopranis. Estaba cerrado el sitio, de modo que decidimos entrar en el gallego, de nombre La Rambla, sito en la misma rúa. Es un lugar de los que me gustan: normales. Nada de diseño, ninguna geometría, mariconadas minimas. Vamos, ausencia total de mariconadas, que casi uno las echaba ya de menos y todo. Lugar popular, menestral, de batalla. Allí recordaba haber tomado unos calamares rellenos, de modo que fuimos como a tomarnos el que no nos podían ofrecer en el Noya que tan bien ponderaban en la Guía. El calamar sucedáneo, a mi parecer, es una cosa sin alharacas, nada extraordinario, pero es agradecido. Su sabor es agradable, pero no placentero. Lo acompañamos de una tapita de arroz del día: en caldo, con carne. Diriamos que una tapa de cuchara, que hubo que cambiar el utillaje. Igualmente: reparador, agradecido, pero nada memorable. Pero he de insistir: hay algo en ese Bar La Rambla que me resulta confortable, además de la experiencia siempre agradecida de ver los pulpos sempiternos en la barra, que es una fascinación infantil.


Para terminar de comer, nos metimos en el Rayuela, un Rte. hispanoamericano de la misma calle Sopranis que ofrecía el contraste de su recuerdo literario y su modernez de mobiliario. No entramos en el salón, y optamos por un banco junto a la barra. Al ser un sitio pequeño y tener una puerta automática, cada vez que me comía un pico o empinaba el codo se me abría la puerta, de modo que el dueño me tuvo que reprender amablemente, como si yo fuera un chiquillo.


En Rayuela ofrecen carnes a la argentina y una especie de fusion japonesa-peruana, que asi de repente espanta porque remite a Fujimori, pero que es una bendición para los que gustamos de la crudeza en los platos. Optamos por un ceviche guayaquil, que estaba bueno pero era de un exotismo moderado (langostinos con una especie de leve melaza sobre un lecho yerto y vegetal) y por unas tiras de atún crudo, a la manera japonesa, sobre un plato de soja. Mi acompañante se fue un poco con cara de empate a cero, pero a mí me gusto, aunque su sabor era algo inconcreto. Pregunté si tenían sushi, y me dijeron que no, pero que organizan talleres al respecto. Estaría bien que se animaran, porque creo que en Cádiz faltan lugares donde lo preparen. Aunque ojo, el sushi puede acabar siendo como el gintonic, que de moda pase a gilipollesca dictadura.


Por la noche dimos un voltio. Estuvimos en el Spam, antes Umec. El Umec lo recuerdo frío, y este Spam tiene una decoración muy artística. Con trozos enteros de pared hechos a base de esponjas que si te pasas con las copas parecen una alucinación. Éramos un 95% de tios hasta que llegó la tuna de Filosofía y Letras, momento en el que pasamos a ser el 99%. La compañía, hembra, me dijo esta frase memorable: “Como la vuelvas a mirar (al 1%) te abro la cabeza con el tacón”. Yo, como el Dioni, miraba a la camarera.

Antes, pudimos estar en el Cambalache. Tocaba un cuarteto de jazz estupendo, con un trompetista que en el ‘If I should lose you’ melancolizó la noche ebria. Me gustó comprobar que el heroico dueño del Camba, Hassan, ha adelgazado, quizá siguiendo la dieta de atún de Mágico González.





CÁDIZ II: EL GAUCHO Y EL MINI BAR





He comprado la guía gastronómica de La Voz. Apetecía hoy carne y hemos seguido una recomendación, que se encontraba en una de las 10 mejores aperturas del año: el restaurante argento ‘El Gaucho’.
El sitio está en la calle Buenos Aires, así como a propósito, en el para mí inmejorable entorno de la Plaza de San Antonio que, sin llegar al nivel de la Plaza de la catedral en la que sólo falta que haya un festival trekki interplanetario (hoy había motorada y los gachós se han hecho la fotito en la escalinata, maltratada), también se puede encontrar uno cualquier cosa. Hoy estaba la Feria con los niños alborotados y sus hermosas mamás, mejorando el cutis en la cercanía del hielo de la pista.

Llegas a El Gaucho y lo primero es que no hay argentinos, o al menos no entre los serios profesionales que atienden. Gente joven, gaditana y seria, mú profesional. El lugar es acogedor, discreto, sobrio y espacioso, con una galería de fotografías de personalidades argentinas, que es un verdadero clásico de estos sitios, como el cartel taurino de los bares españoles por el mundo. Que si Borges, que si Fangio, que si Gardel… En fin, el olimpo rioplatense del que hablamos mientras, nerviosos y hambrientos, esperamos la carta.

Hay salón y bar. Y en el bar me he quedado, con la compañía, que estaba (ay) loca por un bistec. Hemos pedido de primero una ensalada de gambones con salsa de naranjas. Yo la salsa no sé como ponderarla, porque mi saber gastronómico es escaso, pero no era fuerte, ni recargada, pero la lechuga, rizada, era pinchable (cosa que ya es mucho), y el tomate era como uno que arrancásemos en la huerta de la infancia. Tomate glorioso, de sabor primigenio. El primer tomate de la creación, parecía. Además, unos gambones excelentes, sonrosados, pasados justamente por la plancha, por los que me peleaba silencionsamente con la rubia que me acompañaba. Sabían a mar, dijo ella. Pero vamos, mar del bueno, de aguamarina, no a cosa submarina, cenagosa.

Antes de las carnes, la casa nos agasajó (por guapos) con unas patatuelas al chimichurri, que son como las bravas de allí y unos arenques en salsa de miel y mostaza que siendo buenos, tenían el pero de venir anegados en salsa, riquísima pero excesiva, que tenías que golpear el arenque en el plato para poder verlo.

Y claro, en ese punto de la comida ya nos mirábamos como diciendo: pero bueno, si estamos en un argentino, coño, ¡y la carne!


Primero pedimos un steak tartar, que vale, no es argentino, pero como aproximación al tema carnívoro era apropiado. El plato está hecho con ternera argentina y es una delicia. Los gemidos de mi acompañante los oían los niños en la plaza bulliciosa -parecía imitar a Meg Ryan en esa escena con Billy Cristal-, y el matiz de cebolla, condimentación y carne brutalmente cruda era exquisito.
Tras ello, un solomillo argentino, mientras Argentina, vieja dama decadente, caía en las pistas improvisadas de tenis de Sevilla. Nosotros, respetuosos, decidimos probar sus carnes: el solomillo, al punto, servido sobre una pequeña plancha de esas que humean y te dejan un poco de olor en la camisa. La carne estaba excepcional y venía acompañada de unas patatas fritas, las justas, que puedo decir están entre las mejores que he comido últimamente. Venían fritas como en algo de ajo o perejil, y dejaban, amarillas, crujientes, el regusto lejano a chimichurri. Ese regustillo tan agradable es el que deja este sitio tranquilo y excelente.


Regamos todo con media botellita (moderados tras el exceso de anoche) de Beronia, que sin saber de vinos me atrevería a decir que está muy bien.


A la hora de los postres, lo interesante en los restaurantes argentinos es intentar encontrar algo que no lleve dulce de leche. Misión casi imposible. En ‘El Gaucho’ lo tienen en todos los postres, con excepción del flan de queso. Opté por unos vasitos de chocolate blanco rellenos, cómo no, de dulce de leche y una nuez. Decliné tomar licores y vinos dulces de los que venían en la elegante y escueta carta.

Y he de insistir en la tranquilidad del ambiente. El trato profesional, el espacio entre mesas (qué importante), los detalles de la casa, que junto a la calidad de la carta y a la buena materia prima convierten a este ‘El Gaucho’ en un lugar recomendabilísimo.


Antes habíamos matado el hambre y tomado las primeras cañas en el ‘Minibar’, al lado de Candelaria, recogido y madridista, con un dueño un poco sieso, donde siempre encuentra uno una buena fritura de pescado fresco, sin caer en el tremebundismo de fritanga de Las Flores y demás, cuyas freidoras hirvientes son como el infierno que Dante no quiso imaginar.


TORRES-DULCE


Leo en Manuel Jabois el sucedido de Torres-Dulce y su imitador en Twitter con mucha sorpresa. Primero, disfruto de la delicia del artículo, sonriendo con las ocurrencias entreveradas de ese homenaje al cinéfilo conservador, pero luego me extraño por la denuncia de don Eduardo.

Yo retuiteaba frenéticamente los tuits del así llamado fake porque instintivamente simpatizo con Eduardo Torres-Dulce, ya desde la primera vez que le vi en las tertulias de Qué grande es el cine. Yo le decía a mis amigas perplejas qué quién les parecía más atractivo, si él o Miguel Marías, para decidir quién iba a ser de mayor porque no admitía otros modelos: la pipa o las gafas y una vida con la resignada imaginación del cine y su pasión gregaria.

La diferencia entre un cinéfilo y alguien que no lo es la explica quizás que no temblemos al saber que el nuevo Fiscal General del Estado admira al John Wayne de Centauros del Desierto, que en principio es como para pensárselo. ¿Será don Eduardo el primer Fiscal General fordiano?

La justicia en Ford era primaria y natural, pero dulce y sabia. Había, como en todas las grandes obras, un sentido de la justicia que surtía el efecto de una música, una vigorización sutil del ánimo. Termina Ford y nos levantamos del sofá con una infinita misericordia para quitar el disco del dvd, porque los fordianos somos de meterlo en la cajita y nos da vergüenza comentar nada porque estamos emocionados y nos sentimos grandiosos y magnánimos, pero sólo vamos en zapatillas de estar por casa. Somos hombres enaltecidos, ansiosos de praderas, epopeyas o encrucijadas, pero sólo tenemos por delante la merienda o la lectura de alguna novela tediosa. El fordismo es una gran nostalgia de exteriores.

Lo más propio hubiera sido que don Eduardo hiciese la vista gorda o sólo pretendiera averiguar la identidad del homenajeador para invitarle a comer y firmarle uno de sus raros libros de cinefilia. No ha sido así, y cruzamos los dedos para que nada, absolutamente nada de la trifulca política manche -recordemos el ejemplo rociero y nefasto del polvo del camino- el impoluto tweed del amable señor, para seguir imaginándolo como un amigo posible que naufraga en un martini su mirada enfrascada o como alguien que chasquea los dedos y se permite un paso de baile a lo Dean Martin cuando se queda solo ante el espejo, pugnando siempre ferozmente entre el envaramiento y el swing, porque el swing es la euforia civilizada del Gran Estilo Americano.


Los maitines plácidos del pepé que fueron se están convirtiendo en viernes convulsos donde de Guindos saca gráficos que siempre van hacia abajo y Montoro manipula febril su mejor calculadora. Vamos hacia un gran encabronamiento y para todo habrá un film de Ford si se quiere ser justo. Una de las primeras cosas que tendrá que resistir en esta legislatura será, pues, el fordismo.