lunes, 23 de enero de 2012



UN TEXTO (un poco bodrio) MADRIDISTA: RAZONES PARA EL MOURINHISMO

En su Barra Brava de hoy, David Gistau, con poderosa concisión, retrataba un Madrid polarizado alrededor de Mourinho, por causa de los ataques que sufre el portugués. Tienen sus artículos de los lunes una cosa muy necesaria:la vocación de reordenar la cabeza del madridista tras el ruido liguero. Este periodista hace la crónica, pero además reubica al madridismo, le da siempre un norte. Hace un saldo, señala la distancia con su historia y con el Barcelona, al que se persigue como a una liebre. Hace Gistau, en resumen, una topología madridista cada lunes, que es lo contrario del gallinero mareante de las tertulias. Eso es madridismo, y si además está bien escrito, pues mejor.


Inspirado por lo suyo de hoy, a continuación, y con brevedad, por no aburrir (más) y porque me tengo que hacer la cena, repasaré las razones, mis razones, para el mourinhismo, como un intento de futura exploración de una tercera vía para el madridismo, si es que fuera posible una tercera vía, que las terceras vías parecen por definición salidas moribundas.

Mouurinhista lo es uno por razones culturales, por razones futboleras y por razones madridistas.


Mourinho es tan necesario a la España actual como hubiera resultado George Best a la España de los años sesenta. No me extenderé, pero el portugués es viril, seco, íntegro, profesional, competitivo y tiene una moral señorial. Es como un Nietzsche que se puede explicar en la escuela. Al respecto, recomiendo la visión de Ruiz Quintano, que desde hace tiempo le está dando al mourinhismo un calado profundo desde sus columnas engastadas, donde lo popular resuena.


Como aficionado al fútbol, Mourinho representa la posibilidad de que otras formas de juego, otras formas de disposición en el campo, de manejo de la pelota, otras geometrías y otros ritmos puedan ser aceptados, y más allá de su democrática aceptación, consentidos como alternativa por ese canon hegemónico del fútbol de toque, del tiquitaca, que ha sido elevado por una determinada prosa a la categoría de arte, como las croquetas de Adrià. Esa prosa, martilleante, cursi, dominical, ya “puso en la frontera” a Capello. Mourinho es la pluralidad futbolera.


Como madridista, estrictamente como madridista, Mourinho representa dos cosas: la independencia de criterio del club, algo que importa, pero menos, porque eso pudo simbolizarlo un Emerson antes, un Capello, o ahora un Pepe. Es decir, la capacidad del Madrid para ser una organización clausurada, autónoma, impermeable a ciertos niveles de presión. Independencia es hacer algo no determinado previamente por las portadas del Marca o por los editoriales con foto de Relaño.


Pero más que eso, Mourinho es la culminación del florentinismo, lo que le faltaba a la melifluidad florentiniana y a su concepción infantil, ridícula y antifutbolera de este deporte.

Florentino, en su primer advenimiento, se encontró dos cosas: una entidad esperpéntica y una plantilla lujosa. Arregló lo primero y lo segundo lo completó con balones de oro y mientras duraba lo primero y rendian los segundos, todo fue memorable –memorable aunque criticado, igualmente criticado por la constante beta del antimadridismo, recordemos: virtuosismo, prepotencia, individualismo, neocolonialismo, etc…-. Después, el equipo se hundió, porque Florentino, que era como un jeque árabe para algunas cosas, no creía en los defensas, ni en los jugadores que no fueran canteranos o balones de oro. Cuando admitió, tarde, su error, fichó a Walter Samuel, que era como un portero de discopub. Luego aprendió, echando cuentas, que a veces el balón de oro era mejor ficharlo antes de serlo, y entonces llegaron Robinho y Cassano. Algo fallaba, estaba claro, la magia se había perdido. El Madrid no tenía eso que se llama “estructura deportiva”. Sí, tenía señores educadísimos que cumplian como diplomáticos en los descansos, que aguantaban con flema infinita, a veces como auténticos mártires, las provocaciones de los Del Nidos, pero no había ni manager, ni entrenador estelar, ni Monchis que trajeran brasileños ignotos como Baptista o Alves,  porque el Madrid, influído por la prensa, no pensaba que fuera conveniente fichar un entrenador que llevase la contraria a Manolo Lama. Así, el Madrid fue entrenado por Queiroz, Luxemburgo, López Caro, los Hernández Mancha del banquillo madridista. Estuvo Camacho, sí, como el Cordobés de los madridistas castizos, pero no duró ni un trimestre. Antes mandó Del Bosque, herencia de Sanz, el señor que antes había reconocido su aspiración de perpetuarse como el nuevo Molowny. Muchos madridistas no entendimos tres cosas de Del Bosque: su pasividad en el motín del alirón, el petardazo de Turín y, esto es una obsesión personal, cierta entrevista a la cadena cope en vísperas del definitivo Atlético-Real Madrid. Del Bosque fue valorado como gestor de egos, y su vestuario era un laissez faire, laissez passer, aunque su mayor obra fue ganar la octava con una banda de boleros a la que organizó sobre el bendito 5-3-2, algo que ahora sería prohibido por el Ministerio de Cultura y Deportes.


Así las cosas, el florentinismo, que era la continuidad de Don Santiago, la restitución del Madrid a su ser, sus maneras, su lugar y su patrimonio, repetimos: la única forma de mantenimiento y preservación del patrimonio cultural, deportivo y económico del madridismo, esa experiencia epopéyica y transcontinental, se apagó. El florentinismo murió, entre las risas de todas las tertulias deportivas y, doy fe, se celebró con tracas por los aficionados rivales. El imperio, como en Roma, se desplomaba, y en provincias quedábamos a merced de los Albeldas, gobernadores despóticos, sin grandeza, ni púrpura, ni derechos.

El club de los manguitos y el papel cebolla de Fernández Trigo había llegado a ser modelo de gestión en las escuelas de negocio del planeta, pero no hubo nunca un poder deportivo fuerte. Era un madridismo blando, y quizás, esa blandura se trasladaba al campo y al discurso en las salas de prensa. Un Madrid maleable, algo viscoso.

Tras Florentino, hubo un período electoral con un candidato, Villar Mir, que se tachó de continuista y de elitista porque el señor contaba con el apoyo tácito de Florentino y con la desdicha de tener varias carreras, un pasar y un perfil socológico así como conservador. En un debate electoral, otro candidato le llamó superhombre, y pidió para si el voto de los madridistas normales, de los madridistas sin estudios. Contemporáneamente, en la España política mandaba lo que mandaba.

Villar Mir, que ciertamente no era un hombre al que Dios hubiera adornado con el don del carisma, propuso al madridismo más florentinismo pero con el añadido de la estructura deportiva: seriedad, rigor, ortodoxia contable, trajes oscuros y un entrenador mandón, que probablemente hubiera sido Lippi, el Paul Newman campeón de todo con la Juventus y la Azzurra. Esta apuesta, que salvaguardaba el decoro institucional y proponía una alternativa realista a los desvaríos de Florentino, fue masacrada periodísticamente y, claro, ganó quien ganó. No me extenderé sobre ese periodo oscuro, sólo dejaré una sucesión de palabras: Nanín, chaquetas estilo Luis Aguilé, la esperanza de ver a Vlado Divac, un palco con el señor Rojo, Emerson y Cannavaro como fichajes estrellas, la promesa incumplida de los cracks, las sacas de votos por abrir, Mijatovic, la policía judicial, los saltos presidenciales en Zaragoza, el despido de Capello…

El Madrid se convirtió en una especie de Malaya, en un club gilista, mientras el Barcelona enderezaba su rumbo deportivo (Cruyffismo) e institucional (Nuñismo y pasión nacionalista) con Laporta.

Tras años de irrelevancia deportiva y de empobrecimiento, al borde de la reaparición de Sanz Mancebo, llega, no sin dificultades y palos en la rueda, Florentino, de nuevo con la vara de mando de Don Santiago y en pocos meses devuelve al club la tranquilidad, la seriedad y diría que la prosperidad.

Pero deportivamente se apuesta por Pellegrini, un “perfil bajo”, de nuevo con la portavocía de Valdano. Además, y ésta es mi mayor crítica, mi única crítica al Florentinismo, sin darle lo necesario, porque Pellegrini hubiera necesitado un tercer volante, Silva, para competir con el Barcelona y para desarrollar su fútbol sobeteador y acariciante, su arrullo futbolero. Pellegrini era apuesto y dulce como Valdano, ingeniero como aparenta serlo Bielsa y de un menottismo asumible. Pero sin Silva, sin Cazorla y vendido Sneijder, que era un volante de fútbol lacónico, la plantilla le quedaba extraña: Alonso, el caótico Lass y mucho delantero. Lo de siempre, la cojera de siempre. El chileno, persona educadísima, parecía un galán de sol de otoño, pero le faltó, siempre le faltó, la vibración napoleónica que necesita un entrenador en el Madrid, porque el entrenador de este club, como de algún otro, no entrena a futbolistas, sino que motiva a poblaciones enteras. El Madrid es un estado sin territorio, o con un territorio mínimo, y su pueblo, su afición millonaria, en la diáspora, necesita un líder.

El entrenador de fútbol es un líder político.

Desesperado, ante un Barcelona hegemónico, Florentino supera dos escrúpulos: el del perfil bajo y el del jogo bonito y, movido por la responsabilidad, la urgencia y la conciencia de que una eliminación más a manos del Olimpique hubiera supuesto la devaluación del madridismo hasta la condición inofensiva de  nostalgia, como un Benfica o un Liverpool, y desoyendo las amenazas periodísticas (¡pero no se atreverá!) contrata a Mourinho y con ello, como si recibiera un sacramento, acepta todos los dogmas y clasicismos del fútbol. Es como si de pronto Florentino hubiera fichado a Helenio Herrera. Floren, el heterodoxo, ese bernabéu que no sabe de fútbol, acepta en Mou, como una oblea, el santo sacramento del balón, su clasicismo y, por fin, integra el banquillo en la profesionalizada estructura del club. El fútbol entra en Flo a través de Mou. Florentino, completo, ya es un ser empresarial y un ser futbolero y se le pone gesto de Don Santiago y hasta es capaz ya de dar una santiaguina si se le pide.

Y entre ese cuerpo con dos almas, Mou en Flo, y una sucesión orgiástica de copas de Europa sólo hay un obstáculo: Messi.

Llega Mourinho, en fin, y la historia es conocida. Mourinho no es fichado para ganar al Barcelona, sino para ganar al Olimpique de Lyon. En año y medio, gana la copa, disputa la liga a un Barcelona que meses antes había profanado el bernabéu con un 2-6 y devuelve al club a las semifinales de Champions, esa altura competitiva donde los aficionados acudimos nerviosos al estadio o ante el televisor. El territorio legendario del fútbol. Esa experiencia forofa del temblor y el mordisqueo de uñas, niños y adultos, adultos como niños, absortos ante la televisión. Ahí, donde el madridismo se hizo a si mismo, nos devolvió Mourinho. Florentino nos saca de las páginas de sucesos y Mourinho nos devuelve a la Gazzetta dello Sport y a L’Equipe.

Por eso, y porque además creo que que Mourinho, quizás por intermedio de Florentino ha suavizado su irresistible y agresiva brillantez (en España conviene ir con cuidado a ese respecto) y porque creo que su planteamiento de tres defensas ante el Barcelona es brillante, legítimo, responsable, útil y un reconocimiento implícito de la grandeza del rival y de su propia humildad, y porque abre una puerta a la riqueza conceptual del fútbol, para que el fútbol pueda no ser solamente el discursivo soliloquio de nuestros maravillosos centrocampistas patrios, y porque creo además que ese sistema, con Pepe como protagonista, pese a su disfunción, es el único que ha demostrado ser capaz de convertir a Messi en la irrelevancia que a veces es con la albiceleste, por todo ello considero el mourinhismo una forma acertadísima de florentinismo, la forma que adopta el florentinismo en este momento, un florentinismo irónico, por fin, y combativo, menos solemne, una piel que adopta el florentinismo, que no es sino la continuidad del espíritu de Bernabéu, que es el verdadero señorío de madridismo, porque señorío es Don Santiago fumándose un puro y Don Santiago era también manchego y, a su modo, también mediterráneo. Por todo lo anterior, en fin, entiendo que el mourinhismo es florentinismo, y que éste es la única manera inteligente y provechosa de ser madridista en la actualidad.

Porque el Real Madrid no es un equipo de fútbol más, es una pasión y un acervo constantemente amenazado de muerte.
Pero ese es otro tema.  

domingo, 22 de enero de 2012




REAL MADRID 4, ATLETIC 1. MI VERDAD.



Mientras escribo este textillo, Mourinho está pasando sesión de control con los chicos de la prensa. Las preguntas versarán sobre su relación con el vestuario, los capitanes y el público del Bernabéu, que habrá dejado escapar alguno de esos silbidos rezongones que suelta. Me lo imagino respondiendo como un anciano diputado inglés, con lumbre en los ojos y una ironía de Bernard Shaw.

El Madrid recibía al Athletic sabiendo que el Málaga de Pellegrini había recibido cuatro, pese a haber intentado tener la pelota más tiempo que el Barcelona, en contienda de corrección política y buenas maneras, y además pesaba el postpartido de copa y la portada mañanera del Marca. El público estaba tontorrón, pitañero, silbatriz y parecía que muchos traían bolsita de agua caliente para los riñones.

¿Quién iba a ser el pagano? Parecía que Kaká. Mourinho sacaba a sus dos mediapuntas, a ver si iban cogiendo el tono, pero al equipo le costaba. Granero, que parece una muchacha griega y le hace a uno desear sacar el caramillo, mejoró, y dio fluidez, pero tiene cierta parsimonia muy canterana y algo, una incapacidad para la explosión, de chut o carrera, que hace a Xabi Alonso parecer intenso.

Xabi Alonso saca las faltas con cara de resolver una cuestión crucial.

El Athletic salió muy bien, con las ideas de Bielsa muy en la cabeza. Bielsa parece un novelista en chándal dramatizando a sus personajes. Sus chicos, los nuevos leones, son una chiripa eugenésica de Lezama. Destaca Muniaín, que en la segunda parte le hizo un túnel a Lass de los que embarazan en los dos sentidos de la palabra.

Muy bien plantado el Athletic, con el prestigio táctico de este entrenador maniático y científico, y yo sonriendo, imaginando a Erkoreka satisfecho en el palco:

-Mira, Patxi, ¿lo ves? ¡El I+D! ¡El I+D!

La defensa del Madrid era como un congresillo socialista y Ramos era la Chacón y en una de ésas marcó Llorente, que se dirigió a la cámara con la mirada alienígena que comparte con Navas.

Casillas ponía caras, al estilo de lo que hacíamos de niño en el coche paterno cuando queríamos evidenciar nuestra disconformidad con el destino familiar.

El ataque del Madrid era una timidez y un mar en calma, solo roto por una ola solitaria y lejana: cualquier desmarque personalísimo de Cristiano, el empecinado.

La capacidad de Cristiano de comprometer en cada lance su prestigio es algo envidiable y asusta pensar que se haya negativizado en nuestra España de los medios tiempos.

Lo bueno de estos goles rivales es que lleguen pronto, porque a partir de ellos se recompone un poco la unidad del madridismo, o como dirían en Marca, la Unidad del Madridismo. Se agradece el sopapo y el equipo se pone a la tarea.

Lo primero fue un slalom de Marcelo, que tiene el efecto ofensivo de un Cafú (que es Ozú en carioco). Lo celebró con rabia y entre el público descubrí un nuevo tipo de aficionado: el japonés: el español inequívoco que al marcar el Madrid no aplaude porque tiene las dos manos ocupadas en sostener el aparato con el que graba el juego.

En unos años, el Madrid tendrá que contratar a Jaime Borés para conseguir que la grada vibre.

Tras el gol, el Madrid se entonó y Cristiano tuvo premio a su tesón con dos penaltis de ejecutor. En el equipo despertaba Kaká, que aparece en la media punta como de la nada, como un desprendimiento del centro del campo. Surge de repente un señor con balón caminando como una modelo de Victoria’s Secrets y resulta que es Kaká.

Ozil dejó detalles de crack. Sutilezas, recortes, vislumbres. Las cosas que no hemos tenido durante la primera mitad de liga, sin las que el paso marcial de Cristiano ha valido para alcanzar todos los liderazgos.

Al final, entraron Callejón e Higuaín, los más queridos y marcó el primero y señaló su escudo diciendo sí, sí, sí…

sábado, 21 de enero de 2012


LA SISA Y EL BIEN COMÚN

El vicepresidente primero de la CEOE ha animado al gobierno español a seguir el ejemplo portugués y preparar la reforma laboral a la portuguesa, como el bacalao. Es tan raro encontrar un agente social feliz –son como adustos agentes rusos, en todos los filmes del espionaje-, que uno enseguida se ha tirado al periódico como si se tratara de ver los números de la lotería de navidad, a ver qué han inventado nuestros vecinos. La reforma lusa incluye menos indemnizaciones por despido, menos días de vacaciones y reducción del pago de horas extrardinarias. “Es una reforma muy conveniente. Creo que deberíamos seguir ese ejemplo. La media en Europa en indemnizaciones por despido está entre 10 y 20 días. En Portugal, 10 días. Lo han hecho por decreto y rápidamente. Debiéramos seguir el ejemplo”.  Tras la lectura de estas recetas, que en los ateneos de la izquierda quizás serían descritas como liberalismo gótico, no me cabe duda de que podríamos empezar a tener contenta a la patronal y hasta cabría pensar en la creación, tímida, eso sí, de algún empleo. Algún empleo experimental en el sector servicios. Con este panorama feudalizante, nuestros empresarios podrían empezar a contratar, aunque es de suponer que aún quedarían algunas rigideces, porque el mercado laboral es como el traje del empresario, en el que siempre acaba encontrando una rigidez:




-No, si el traje bien me está, pero es que me estira de la sisa…






Y claro, la sisa del empresario, la eterna sisa del empresario aún exigiría despedir unos cuantos miles de españoles más para terminar de depurar el mercado laboral. Serían los últimos despidos, saboreados con demorado placer, y una vez finiquitados comenzaría la Edad de Oro de la Contratación. O no, que diría un escéptico.

Más allá del contenido de la reforma, lo que asombra vivamente de esas palabras es el punto de vista subyacente, tan estrictamente propio, una forma de particularismo moderno que desde luego no es exclusivo del empresariado, porque con la legitimación intelectual del lobby y del grupo de presión, se ha reforzado cínicamente el particularismo y empezamos a escuchar demandas infantiles, de una perspectiva tan egoista, tan individual, que olvida al otro sin ningún pudor.

Qué distintas serían esas palabras si incluyesen una autocrítica, una asunción de responsabilidades, un matiz, un compromiso o una disculpa que entendiese y aceptase la situación del trabajador. Pero no, en España, en esta altura del siglo, cada cual se siente lobby, se piensa lobby y considera apropiado exponer unas demandas particularísimas que despiertan en el de enfrente una carcajada de indignación.

El particularismo empieza a ser una desfachatez.

Qué extraño nos resultaría un agente social, o un portavoz sectorial, que no barriera para casa con descaro. Tan acostumbrados estamos ya, que la integración armónica del otro en un discurso, la apelación serena al bien común, el olvido de realidades distintas de la mera ciudadanía, nos sonarían a algo antiguo, falaz, sospechoso y retórico. Quizás el tertuliano sea el único civil, políticos aparte, que como un arcaismo, como una reliquia aristotélica, aún parece librarse de ese vicio. Y esa puede que sea su función social: su ejemplaridad samaritana que tanto nos irrita a la hora del café. La dimensión concernida y pública de todo lo que dice.

El tertulianismo, quién nos lo iba a decir, quizás sea el proyecto cívico para elevarnos por encima de nuestro particularismo, que es nuestra circunstancia convertida en folclore. Yo soy yo y mi curcunstancia, sí, ¡pero la circunstancia incluye a los demás!


 



viernes, 20 de enero de 2012


EL REGRESO DEL TORERO PADILLA


                    Al maestro Juan José Padilla, con mi mayor respeto y admiración.






En este viernes silencioso, sin tacones, ni risas, en el que parece que hasta los ladrones estén parados, se ha presentado el maestro Padilla, como un Mourinho ante la brigada de la interrogación, para dar cuenta de su regreso a las plazas. Ha aparecido perfilado, con su cara de media luna y su gesto virado, enseñando un perfil estupefacto y espantado, su larga mueca de haber visto las postrimerías. Y al finalizar y prometer la vuelta de El ciclón de Jerez, su lado diurno y hermoso ha mostrado una sonrisa feliz, proyectadora y social.

Se fue un torero con dos cojones y vuelve un torero con dos cojones y dos caras, con rostro de claroscuro.

Dijo alguien que el toreo no relumbra si no es con los ojos cerrados y Padilla va a atacar su profesión desde una oscuridad en la que siempre estén brillando formas, soñándose faenas. Porque en su ojo, que sanará pronto, habrá una vida de la inteligencia.

En los primeros cimbreos de su toreo de salón, Padilla habrá descubierto una música distinta de los movimientos, enderezados por un silencio. Una gravedad silenciosa que le determine. Seguro que su toreo tiene un mutismo mayor, más seriedad si cabe.

Su mundo empequeñecido lo tiene que estar mirando mejor, Padilla, con una mirada más exacta y cuando gire o estire su cuello para un mejor ver, para recoger siempre al toro, le estará respondiendo a sus cabeceos de embestida, como jirones parejos y picassianos, en un diálogo de cabezas y perfilamientos.

Va a mirar al toro doblemente, Padilla, con un ojo de Polifemo terrible, y con un ojo oscuro de mirada lunar, que le enseñe al toro la cara de la muerte que él lleva prendida en los pitones. Responderá a la media luna del astado con la media luna de su cara sabia y desdoblada de hombre que lleva un luto en el rostro y a la vez una vida pletórica, decidida y encarrilada, el misticismo de su mirada recogida y concreta, y la determinación clarividente de verlo todo y no estar viéndolo, y de luchar con el mayor esquematismo contra las mayores formas. De responder a una noche con otra noche, dando vida y muerte en los dos perfiles, como un tango de si mismo, dejando una mirada negra que entenebrecerá las cosas para que brillen más. Torero absoluto de la españolidad.

Torero demediado, torero de un gesto, con una cierta mudez de película antigua, llevará frío en el rostro, y el susto de estar a punto de la cogida y a la vez la dulzura de todos los propósitos, de todo su vitalismo cristiano, gracioso y jerezano.

Está más allá del valor, Padilla, y ya no vemos valor en su rostro. Vemos humanidad y pasmo.

miércoles, 18 de enero de 2012




REAL MADRID 1- FC BARCELONA 2. MI VERDAD



Como tantas veces, me senté ante el Plus y me levanté el cuello del polo, porque partido de copa era demasiado poco para lucir mi camiseta de Cristiano.

Imágenes del palco. Tanto ministro, ministrable y exministro que a Pep le podía caer un decreto a lo largo de partido.

Después, el túnel. En el Madrid, motivados y saltarines, los portugueses, como heterónimos de Mou. Y de repente, al fondo, aparece Xavi, y yo pego un respingo como si fuera un Gremlin. Le temo más que a la estanflación.

El Madrid se enfrentaba otra vez al Barcelona, el equipo que ha hecho que en el Marca ya no se use el término “bestia negra”. Se trata de un equipo perfecto, del milagro chino. Sus cuatro canteranos, Cesc, Busquets, Xavi e Iniesta (el Word me corrige sus nombres como si también él fuera culé), els quatre gats, son posicional y tácticamente insuperables. Son como un estatalismo burocrático y Messi, él sólo, es un milagro de iniciativa privada. Un Steve Jobs de las diagonales. Xavi e Iniesta giran sobre su posición como Rubalcabas. Es un centro del campo que juega como una vieja que hiciera ganchillo.

El Madrid opuso esta vez la solución Pepe, que sigue siendo mi preferida. Considero que es condición necesaria, aunque no suficiente, ya se ve, para ganar al Barcelona. Pepe es un portento físico –esa imagen saltando, en una estratosfera inasequible a Puyol-, pero tiene la concentración de un mal estudiante, incapaz de estar noventa minutos ante el libro en una biblioteca. Pepe es como esos amigos que fueron pastilleros y siempre tienen una salida extemporánea que ya no sorprende. Su físico, su fútbol es de época, pero su concentración es insuficiente.

En la primera parte, el Madrid generaba en el público gritos de película de terror. Algunos atrás, por la inseguridad de Íker, que fuera de los palos es como Romay en una pista de baile. También por sus fulgurantes contragolpes, de un individualismo desesperado. En uno de ellos, en el único que llegó a puerto, Cristiano le coló el balón a Pinto bajo sus piernas, que admiten, como el Puente de Triana, el curso de un Guadalquivir.

El público era feliz. En un lance del prometedor inicio, Cristiano, en posición de lateral, se lanzó a cortar una jugada rival. Al extender la pierna con bravura, su pantalón se subió y como un Chendo o un Camacho, enseñó un muslo. El público se desgañitaba, como si estuviese ante un desfile. En Chamartín son musleros. Ven un muslo, aunque sea de Gravesen y se ponen a aplaudir a la coreana.

Salió Mou con tres centrales, con Coentrao por la izquierda y Altintop -dos hachas de carnicero por barbas- en el lado de Iniesta, que siempre juega con un rictus alevoso, como jodiendo. Arriba, tres delanteros, Lass y Alonso. Todos ellos, según Robinson, dedicados a “estorbar”. Claro que Robinson se delata él solo cuando llama Maurinho a Mou.

Muñiz, con aire de terrateniente de culebrón brasileño, reflejaba en su pelo todos los flashes que iban para los futbolistas y con desigual fortuna trataba de resistir las exhibiciones teatrales de unos y otros. Hoy debutaba Pepe, que de tanto ver a Busquets parece que quiere ser actor, como yo de niño con Al Pacino. Pepe no ha lesionado a nadie, ni ha conseguido que expulsasen a ningún rival. Sus marrullerías son de una inutilidad sólo comparable al juego de Lass.

Mientras, los jugadores del Barcelona, como son tan feos, se trabajaban al árbitro como a una chavala, a base de palique.

En la segunda parte, Pepe tuvo uno de sus lapsus y Puyol, con gesto mundialista, marcó el primero. Luego Gistau nos pedirá que celebremos sus goles como los de Malta. Después, Messi atrajo las miradas de medio Madrid y habilitó a Abidal, que solo como un divorciado –esas soledades casi depresivas de los ataques del Barcelona- coló fácilmente el segundo.

De ahí al final, un rondo, otro más, comentado por Martínez y Robinsos, que son nuestro Nodo. Parte del público se iba y algunos, negando con la cabeza, observábamos a Messi, cuya retirada se espera como se espera a veces la muerte de un dictador.

martes, 17 de enero de 2012

Cuelgo aquí, más que nada para no perderlas, dos entradas que no aparecieron en el blog. Una es un texto largo, excesivo y creo que malo sobre Tony Genil. Si será malo que no he podido ni releerlo para su corrección. Ahí lo dejo, en bruto. Algo de la emoción de telespectador que motivaba el texto era sincera, yo diría que bastante, pero ¿es algo bueno que fuera así? El texto me lo colgó en su blog Manuel Jabois, haciendo gala de gran generosidad.

El segundo texto es una impresión de uno de los últimos Deluxes, el dedicado a Raquel Bollo y, digamos, su problemática sentimental tras un reality. Aparece Terelu, de la que como siempre hago una estricta evaluación física, mujeril y obvio como soy. No me leerá, claro, y es un brindis al sol bombillesco que me alumbra, pero  éste fue uno de sus últimos Sálvames y espero que haya más muy pronto. A fuerza de ser fan de su madre he acabado por apreciar a la hija, que es como pasa en la vida no televisiva, pero al revés.

Son, en suma, dos textillos motivados por los dos últimos realities televisivos. Es para estar preocupado. Cuando en la vida no hay motivaciones se buscan.

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TONY GENIL


Si Robinson demostró que un burgués arrojado a una isla desierta seguía siendo un burgués, Tony Genil ha demostrado en esta última edición de Supervivientes que un Artista es un Artista, habite el edén o el infierno, que ambas cosas puede ser una isla.
Poco conocía yo de Tony Genil, cabezudo en la cabalgata televisiva, caricato en la procesión ácida de la tele, pero me ha cautivado y estoy dispuesto a reconocerme fan. El histrionismo arrebatado de este hombre, su pathos aflamencado, sus gestos de torero dando el salto de la rana, sus caminatas circulares de payaso, su religiosidad de estampa, sus lágrimas freudianas a la madre, invocada a la manera del mariquita clásico, sus arranques de cojonudismo, su desprendimiento pellejil -como si la piel fuese un triste disfraz dos tallas mayor del que no podemos librarnos- me han divertido. No hay nada en él conseguido, enteramente logrado, pues Tony es un artista sin técnica, sin dominio, pero su esfuerzo, su proyección, su personaje, que no es otra cosa que la proyección pública de la persona, me ha confortado. Y seamos honestos: Tony, que no tiene más que esa proyección, necesita más que nadie de la tele para ser artista. Su proyección es la tele. Y en eso no es el único: la proyección pública que supone la tele hace nacer el personaje de la persona y en ese tránsito se encuentra encerrado el particular *arte* de algunos. Tony es uno de los mejores ejemplos y quizás al mendigar la tele mendiga su forma de expresión, esa forma novedosa de artisteo. Y Genil es Artista, que no autor. Parece haber dedicado su vida a hacer reír de forma más o menos voluntaria, intentando subirse al escenario –de nuevo, en Tony, el intento-, llevándose de la farándula un rebrillo, apenas la purpurina que se nos queda del leve contacto con la estrella. Su lugar no ha sido propiamente el espectáculo, sino los arrabales del espectáculo; no justamente el centro del espectáculo, sino ese lugar donde el espectáculo deja de serlo, donde casi nace la lástima y donde ninguna autoría hay que reclamar. Vivimos tiempos de mucha obra y de poco artista. ¡Yo tengo obra, señor, yo tengo obra!, nos gritan. Pero artista sin derecho es Genil, artista sin creación, de esos a los que les quedan las fotos, los recuerdos, que se van haciendo delirantes con la edad. A esos artistas no los representa la SGAE (oh, triste sino del gestor de la SGAE, siempre un exartista que al no poder trabajar ya la emoción maneja su transformación económica), sino que para ellos se crean formas gremiales de caridad: La Casa del Artista, donde se acaba recibiendo la sopa triste tras una vida de tumbos; La Casa del Payaso, donde las muecas de Talía nos observan desde un fondo surrealista y asistencial. Genil es de ese tipo de artista desventurado, tipo del que casi sale con su “No cambié”, al que se agarra como a su única propiedad, obra de Leo Dantés, nuestro Cole Porter de gasolinera. Genil no tiene obra, pero es que tampoco tiene técnica, no tiene arte. Un artista sin medio y sin derecho. ¿Podemos comprender qué doloroso resulta? Tony tiene sólo una propensión, una misión. No es una profesión que nazca de unos recursos, sino de una pulsión, de una intención feliz: divertir, ponerse en el centro, con esa cosa carencial de quien no tiene sentido del ridículo. Tony es el alipori absoluto, nos intenta hace reir hasta incomodarnos. Tony es del tipo de artista sin arte que se mueve por una amputación del sentido del ridículo. No sabe uno si esa carencia es congénita o biográfica y esto es lo terrible, si una vocación inicial, ambiciosa, ideal, como las de todo artista naciente, hubiera acabado aceptando la realidad dolorosamente. Falta saber, para amar aún más a Genil, conocer cuáles fueron sus, digamos, primeras grandilocuencias y si hubo en su vida un aprendizaje del ridículo. En este reality edénico y rousseauniano de Telecinco hemos visto a insignes personajes televisivos venirse abajo o evolucionar hacia formas dignas de lucha por la vida. Hay algo de aprendizaje, de desvelamiento del carácter: el desmoronamiento o la lucha, la introspección o la socialización, el nihilismo o el chill out frente a la playa, pero nunca como con Genil hemos visto la supervivencia de un tipo humano: la imposición del caricato, del Artista. Cabe dudar de si el caricato se impone al hombre por determinación o si lo hace por costumbre. Ha sido Genil más Genil con las “calamidades” (término que retrata el sufrimiento de postguerra, pues la penuria de postguerra fue siempre calamidad, un paso de fatalismo más allá de necesidad: necesidad con fatalidad, fatum del hambriento), quizás porque sea una forma de faranduleo que ha convivido con el hambre. Una forma pícara, andariega.
De esa estirpe de cómicos pequeños, torrebrunescos, Genil tiene un físico que le condenaba al humor, quizás sin valer para ello. Sumo decaimiento. Ni obra, ni técnica, ni físico. Forzado al humor, quizá naciera galán, quizá tuviera una hermosa mirada juvenil y rubia, quizás siendo extrañamente rubio entre Olivares, aspirara Genil al estrellato absoluto soñando con Tony Curtis y de esa forma su nombre artístico tiene ese mirar-a-las-estrellas y la cómica atadura al gentilicio. Nombre de cantante de orquesta, de autor de gasolinera, entre la parodia y el homenaje. El glamour en las más cercanas y desencantadas formas de espectáculo. Broadway en las boites de lumpen, en las plazas de los pueblos, en las discográficas marginales del submundo coplero. Afirma Tony haber “rodado junto a Omar Shariff El Doctor Zhivago” y quizás sea verdad, pero no como secundario, ni como figurante, sino probablemente como accidente del terreno.
No es casual que haya participado (entendiendo generosamente el verbo participar) en las superproducciones estilo Bronston, en las que EEUU empezaba a venir a España. El cine fue nuestro primer aperturismo y es Genil fue uno más de los subyugados por Hollywood y a su manera, tan lejana a la de Terenci Moix, su vida se entrecruza delirantemente con la de las grandes estrellas. Así, afirma haber compartido minutos con Sinatra en Torrevieja y lo hace como quien enseña un premio, con la ingenuidad de un fan. Se imagina uno a Genil como el elemento que faltaba en el rat pack de Sinatra porque a ver por qué no puede haber un Sammy Davis Jr. cordobés, y nos hace el enorme favor de ayudarnos a imaginar a Frankie en Torrevieja, del mismo modo que pensamos en un Tony Curtis parpadeando flemático entre olivos, como un ídolo lorquiano. Ese traernos el estrellato a nuestra tierra es una prolongación de la obra de Samuel Bronston, pero sin la grandeza de la superproducción, sino, por fin, como esa película en la que Alfredo Landa hace de Sinatra en el Paralelo, permitiéndonos imaginar que esos seres rutilantes que han conformado nuestras fantasías se avenían a pisar nuestras realidades, haciendo aquellas más cercanas y éstas un poco menos terribles.
El género artístico de Tony parece impreciso, pues ni canta ni baila ni interpreta, no es la risa, ni el llanto, sino una forma crepuscular, tragicómica y cutre de conmoción. Sea cual sea, parece profesarle una fidelidad errática, golpeada y esa fidelidad, que parece responder a los rigores de la vocación, encubre un cierto heroísmo, pues heroico es seguir el sino terrible de la vocación.
Mi gratitud de espectador.

EL SÁLVAME DE RAQUEL BOLLO


La protagonista del Deluxe de Reyes iba a ser Raquel Bollo, presentada como "campeona moral" de Acorralados. LLegó con un vestido dorado palabra de honor, y en los monitores repetían las imágenes en que aparecía cruficicada bajo una ducha fría, como una Kate Winslet hipotérmica.

Más que ajustar cuentas de su paso por el concurso (su flirt con Escassi, su juventud perdida y venenita), Raquel tenía que responder a la demanda que al parecer ha interpuesto contra ella Chiquetete, por unas delcaraciones previas sobre un posible maltrato y la pérdida consiguiente de un bebé.

La realidad es que Chiquetete ha demandado a medio Sálvame y sólo se ha librado el discreto y secretarial Escaleto, el joven ayudante de dirección.

No estaba Jorgeja, sino Terelu Campos, que lucía un pantalón y blusa negra de encaje. En uno de sus paseos por el plató, el cámara se arrastró como una oruga para tomar sus piernas a ras de suelo y esbeltizarla un poco. Terelu conducía con relajo andaluz, pero aún muy guionizada, aún algo envarada.

Como no es Jorge, que dirige ya con la mirada, como un Zubin Mehta, el patio de colaboradores se le desmandaba un poco. Rosa, Lydia y Chelo, desgañitándose, eran como las Supremas de Móstoles.

Kiko lucía su cara sin bolsas. Un ojo aún estaba un poco a la virulé y no es por criticar el esfuerzo, pero estaba raro. Su mirada, sin esas bolsas que la amortiguaban queda aún más fría y el movimiento de su mandíbula, suelta como la de un sexagenario, contrasta más con sus párpados juveniles.

Luis Rollán, compadre de Raquel, estaba peripuesto, derivando hacia una forma de dandismo nazarí.

Raquel defendía su historia, muy locuaz, muy convincente. De repente daba una palmada y enseñaba a cámara una palma de su mano abierta, en gesto de sentencia judicial. Eso resultaba irrefutable. Matamoros, por si acaso, iba desgranando un par de principios generales del derecho y Belén, que parecia COurtney Love, jaleaba a la Bollo como un torero:

-Eh, Raquel...
-¡Ole ahí, Raquel!
-¡Amos, amos, amos!...

Raquel, que empezó siendo portavoz del mundo de Cantora en los años del ostracismo mediático, ha devenido en colaboradora versátil, que además es capaz de ir a un concurso y hacerlo bien.

¿Qué ha de tener un colaborador? Elocuencia, resistencia física a las vejaciones y un aval de amistad o historia. Raquel tiene ambas: la amistad con la Pantoja y su realidad de madre corajuda, en la estela de Belén Esteban, labrando su surco televisivo mientras refinaba su belleza mora. 

Raquel desgranaba su vida con Chiquetete (Antonio Cortés Pantoja, le llamaba), las penurias primeras ("cuando le conocí llevaba un chándal de cani con zapatos de charol"), el supuesto maltrato y la evolución del hijo Manuel, que es el vivo retrato del padre y canta con su miajita de pellizco. Contó también cómo vive su amor actual con Semi, que es un nombre curioso y precarizante cuanto menos y recuerda a la letra de Telenovela ("un medio amor, sin solución"). La Bollo defendía su verdad y en ella iba dejando un perfil del cantante que, sin ser amable, si era humano, completo, gris. Un hombre dotado, débil quizás, cobarde ("esa cobardía de su amor por ella"), enfermo y probablemente arrepentido.

Contó Raquel un episodio sevillano en semana Santa, en la procesión de la Hermandad de los Gitanos, y pudimos imaginar a Chiquetete bajar turbado su mirada hindú, lanzando una saeta doliente y contradictoria al cielo frío y labrado de Sevilla.