lunes, 16 de enero de 2012



BRUXISMO



Por si no fuera ya lo suficientemente sensible, verdadero petunio, ahora, con la edad, me llega la sensibilidad dental. Y es que padezco un tormento, mi dentadura es un piano sensitivo y crispado, y se me ha quedado una sonrisa doliente de Richard Widmark. No puedo beber nada caliente, ni frío, ni probar ácido, ni practicar el cunnilingus. Soy consciente de mi propia lengua todo el tiempo, como una felatriz, y cuando por las noches, mientras me la envaino, veo a la gente salir de los servicios esmaltando sus dientes con farlopa me estremezco. Mi boca es una segunda conciencia, es como un cerebro que no para de pensar. Y es que soy bruxista, que es un mal freudiano y psicológico. Mientras el mundo duerme, los bruxistas, que somos unas malvas por el día, nos dedicamos a rechinar los dientes, como roedores de nosotros mismos. Como prófugos de Dios sabe qué prisiones mentales, nos vamos limando los piños concienzudamente por las noches. Esta es una sociedad represora, diga lo que diga la derechona feliz, y de eso saben mis dientes, desgastados como los de un yonqui. No puedo morder y estoy perdiendo mi carnivorismo. La represión me está convirtiendo en un señor que bebe con pajita y se lleva termos de puré de casa de los padres. Se me está cayendo el esmalte y me asoma la dentina, que es como la cadaverina dental, y mis besos, antes pura saliva, ansónica babilla enamorada y diente bravo, mordedor, ya sabrán a chamusquina, porque serán como besos osteoporósicos. Ser bruxista es la forma más extraña de autodestrucción y si me molesta es porque también me está quitando de soñar. Había notado yo (observatorio astronómico de mí mismo, cachazudo registrador de mi propiedad) que mis sueños iban decayendo, que mi vida onírica se empobrecía y, vamos, está la vida de un anodino como para ir dejando de soñar esos sueños en que yo era un Alatriste futurista que hacía solventes tríos con Angelina y Beyoncé, o esos otros en que con gabardina de Delon recorría, distante y tedioso, los bulevares surrealistas, viviendo la vida de un poeta cruzado de James Bond. Mi otro yo, el bueno, el que me gustaba, desaparece porque toda la energía alucinatoria que necesitaba para desarrollarse, toda ese chorro lisérgico, lo estaba dedicando (¡lo estoy dedicando!) a dentellearme vivo, con el gesto frenético de los empastillados, como si tocara una armónica en la noche, limando mis colmillos, que eran lo único que me quedaba de la bestia genética que vino al mundo. Así, con la lamentable calidad de mi esperma, la acidez de mi estómago y mis colmillos automutilados, ¿Qué soy? ¿Qué me queda del macho selvático? ¿Pero cómo voy a perpetuar la especie si sólo puedo comer tortillas francesas? En unos días he de volver al dentista, me sentaré en su patíbulo de vejaciones bucales y esperaré, a falta de una escultura de mi perfil helénico, a que me saquen el molde arcilloso de mis encías, que probablemente sea lo más horrible que tiene el ser humano y que por eso, salvo si se es Ana Belén, jamás se ven. Con ese molde me harán una férula y cada noche, antes de dormir, me la pondré frente al espejo, como un boxeador que se fuera a dar de hostias contra el mundo y sus represiones. Púgil de noche, contribuyente dócil por el día.

domingo, 15 de enero de 2012

LA MUERTE DE FRAGA



Con privilegiado sentido de la actualidad me he sentado esta noche a escribir un texto sobre Corea, algo que llevaba en la cabeza tras la muerte de Kim Jong-Il. El aprendizaje del periodismo me está costando y no termino de medir los tiempos. Se muere el coreano y a mí se me enciende la luz a las dos semanas, en el mismo instante en que se muere Fraga.

Esta circunstancia me ha permitido estar ante el ordenador en el momento del teletipo de su muerte. Una frase y un alma se libera, no sabemos hacia dónde. Cada muerte es como un suspiro, o una inspiración de Dios, que expira cuando nacemos. Dios respira así. O la humanidad, vaya. La sístole y diástole del mundo, y con los muertos célebres el teletipo es como una transmigración y se emociona uno. El periodismo tiene ahora esta cosa de lo instantáneo y parece que desde los digitales se tocaba hoy a muerto, llenando España del metal oscuro y terrible que suena en los pueblos cuando se muere la gente.

Lo más enigmático que tiene el ser humano es esa excitación de dar la noticia de una muerte.

Tocan a muerto los periódicos y como un aguacero en verano caen los tuits y los obituarios con demasiada rapidez, tanta que salta a la vista que Fraga tenía el obituario hecho, como lo tiene Carrillo. Vivir con esa sensación tiene que ser extraño y también ha de tener su coña, porque vivir se convierte en ir demorándole a otro señor la necrológica, las ganas locas de ese triunfo sobre el otro que es recordarlo.

La necrológica de Fraga y Carrillo será la de la Transición, por fin, y supongo que sentirlo así será bueno, porque mirar las cosas con ese balance de realismo, ponderación y melancolía de las necrológicas nos aleja de extremismos, que bastante extremismo es ya palmarla.

Para mí Fraga fue siempre un libro: “Ideas para la reconstrucción de una España con futuro”, que mi padre, nada lector, pero votante de AP, tenía firmado por Don Manuel. El único autógrafo que hubo en mi casa fue el suyo.

Ese libro lo quise leer yo de niño, y lo tenía en la mesita de noche, junto con las estampas y los libros de Sherlock Holmes, pero nunca, como diría Soraya, tan a lo Mafalda, iniciaba su inicio.

Cuando se demoran las cosas se secuencian los inicios y diríamos que no iniciaba a iniciar el inicio del primer capítulo. Vamos, que hacía como los políticos con las reformas.

Allí estuvo ese libro, con ese título tan de antes, y el rostro pensativo y decidido de un Fraga joven, si es que alguna vez fue joven Fraga. Me acompañó muchos meses, años diría, y se quedó sin leer, pero a mí me gustaba tenerlo porque intuía que ese señor tan listo al que respetaba mi padre era una buena influencia. Las ideas me resultaban incomprensibles, pero había un sano patriotismo, la certeza de un pensamiento que se proponía y el término “reconstrucción”, que me dejaba la sensación física de una obligación de rehacer, de reparar, de volver a elevar algo destruido. Ese libro no lo leí, pero lo miré mucho y creo que a veces mirando los libros también se aprende.

Fraga ha sido también una cierta noción de frustración. El “techo Fraga”, el non plus ultra que la sociedad española le estampaba cada cuatro años en su frente de estadista sin Estado –melancolía también de algún nacionalista, al que así pudo comprender mejor después- me parecía a mí, niño de derechas, una cosa cruel hacia el hombre, al que España rechazaba como algunas veces rechazan a los hombres las mujeres, sin que queramos darnos por enterados. Fraga iba cada cuatro años con la terquedad del enamorado, pero no había manera. Era, sociológicamente, un hombre con limitaciones y entender eso lo entendemos ahora. Si la política es el arte de lo posible, Fraga de Presidente era un imposible.


Siempre pensé que su encabronamiento venía de ahí, de ser un hombre rechazado. Así resolví yo, ingenuamente, su fama de intempestivo. Porque la democracia era eso. Tener el partido, tener las ideas, hasta poder llegar a tener la razón, pero no ser suficiente. El cabreo de Fraga era el del impaciente y el del listo y se trataba de un demócrata con un amor a España nada democrático. Su aproximación al poder era instintivamente no democrática.  

Fraga, con su turismo, trajo las suecas a España y llenó la cabeza del hombre español de la obsesión europea, rubia y patilarga del Ideal. No cabía mayor aperturismo.

viernes, 13 de enero de 2012




UN RATO DE TELE: LA CAJA DE CHIQUI



-¿Acaso se es mejor persona por tener diez centímetros más?



Esto, que me lo he preguntado yo cada día al salir de la ducha, se lo pregunta Chiqui, Almudena, en medio del plató de Sálvame, mientras Jorge Javier, que tiende al silencio como El loco de la colina, le agarra de la mano.

Chiqui es lo que habría sido Messi sin La Masía, pero en salá. Podríamos también pensar en qué sería de Chiqui sin su pequeñez. Quizás fuera una mujer morena, alta, bella y “obsoleta”, como dice ella que son los altos de su familia. Una mujer como María José Cantudo.

Chiqui, casi tanto como bajita, es murciana. Habla deliciosamente, con ese aire de zarzuela y vergel que tienen las murcianas y utiliza descontroladamente la muletilla “entre comillas”, como una delicada forma de atenuación.

Ha sido la participante que mejor daba en La Caja, pues allí parecía tendida en un diván, colgando sus enormes tacones de mujer fatal. Chiqui tiene esa descacharrante espiritualidad sincrética de los supersticiosos. Cree en los ángeles, en los males de ojo y en la reencarnación. Afirma haber sido esclava egipcia y también su propia y dulce hermana fallecida.

-En la vida estamos para cumplir una misión, que es no repetir el mismo error.

Nietzsche, tronado amargo, dijo una vez que las mujeres bajas eran un tercer sexo, se conoce que antes de la aparición de los travestis. A mí Chiqui me ha parecido una mujer de humanidad desbordante y de evidente femineidad. También a Jimmy. En este mundo tiene que haber de todo, se dice ella, y yo, pensativo, sonrío, contento por una vez conmigo mismo.

jueves, 12 de enero de 2012






CLASES MEDIAS



Cuando ya pensábamos que no había clases y que éramos lo que quisieran pagar por nosotros, odre hueco que se va llenando de capital humano, va el PP, sube un impuesto y los liberales punk y Pombo –mourinhismo malva-, se acuerdan de las clases medias, lo que suena a reivindicación de los pantanos. ‘Clases medias’ es ‘sociedad civil’, pero en antiguo. A los liberales españoles yo no me los termino de creer y hasta comprendo que Rajoy los quisiera echar de casa aquella vez mediterránea en que decidió parecerse a nuestos padres cuando nos enseñaban la puerta de la calle. Ahí nos medían y nosotros, como los liberales, reculábamos, ácratas de boquilla. El desinterés liberal hacia el presupuesto me resulta teatral. No es, digamos, mamífero. Este liberalismo ha salvado a la derecha española de si misma y ha aligerado su mitología. La última batalla gloriosa de los españoles fue Maastricht, donde quedamos como titanes y éste es todo el españolismo que se le permite a la derecha, la gloria de los Montoro, la apoteosis hidalga de pagar las deudas. Los liberales también son muy modernos y cibernéticos: antes uno se metía en internet y todo eran tetas y porno, pero ahora a la mínima se abre una ventana insumisa y nos salta un liberal pidiendo amnistía fiscal y delgadez gubernamental, la anorexia twiggy del estatalismo. Para ellos, la cosa pública debe ser como Kate Moss: escuálida, guerrera y anglosajona. El comunismo sería rubensiano y la socialdemocracia lo que decía Pla de la mujer catalana: falsa magra. El liberalismo es una palabra muy española, sí, pero de un modo espiritual y aspirativo. Un españolismo velazquiano. El liberalismo es una propensión, un querer ser: un misticismo social y político y por eso le hemos puesto el nombre y hasta hemos llamado así a algún español, como liberal a modo de santo, de santurrón levitativo en celda oscura de penitente civil, o liberal por raro, porque de todo tenía que haber y porque no se le podía llamar otra cosa. Los liberales eran como los rubios, que había uno en todo el barrio. Si será raro el liberalismo que nace en Cádiz, arrinconado, allí donde España mira hacia América, donde España se hace iridiscente y sueña, porque el liberalismo, lo siento, también es un lirismo y necesitariamos un Bécquer que nos lo definiera con amorosa exactitud. España ha dado al mundo liberalismo, misticismo y turismo, mientras otras naciones han inventado el torno fresador. Total, que ahora unos que se dicen liberales –también Indalecio Prieto se quiso así, porque ser liberal es parecerse un poco a Gary Cooper- se acuerdan de las clases medias, cuando ya nos habiamos hecho a la idea de que no habia clases, sino individuos más o menos jodidos y salarios. Pensábamos que clase media era Solari, y no, hay clase media y alta y luego hay parados. Y las clases pasivas, claro, que más que clase serán casta. Las clases medias, supongo, serán obreros que han olvidado o ignoran el prejuicio antiburgués de la cultura y desconfían bastante del Estado.

miércoles, 11 de enero de 2012


LA ÉTICA

En el coche, como alternativa al rugido del motor, que me recuerda siempre al inicio melancólico de La Carretera de Julio Iglesias, pongo las tertulias, que son como la Lección de Anatomía de Rembrandt sobre el cadáver amarillo de la actualidad. Hay un tertulianismo renovado y cachondón en Alsina, en Colmenarejo y también, cuando le dejan, en Herrera, pero sobrevive el tertuliano agónico y arbitrista.

Esta mañana, uno de ellos, un tertuliano emérito, predicaba la necesidad de una nueva ética del trabajo, porque, decía, el trabajo es visto en España como una condena por el trabajador y a la mínima se escaquea y a mí ha sido escuchar estas palabras y entrarme un ataque de ira, que si me llega a ver la Guardia Civil me desvía a una rotonda para ajusticiarme con los datáfonos esos de camareros que se gastan –a veces le apetece a uno que le multen para que le hablen de usted, por sentirse un poco señor-.

Y es que el tertuliano todo lo arregla pidiendo una ética: una ética al banquero, al político, al comerciante, al periodista, y hasta al currante, como si no tuviera bastante con tener un jefe.

Si se queda uno sentado en el autobús y no cede el asiento es porque no hay ética pública, si se defrauda el alquiler del piso es porque no se ha conocido la ética tributaria, si crecen los divorcios es que, evidentemente, falta ética convivencial y si miente el político, es obvio: es que la ética política vive sus momentos más bajos desde Fernando VII.

¿Pero cómo se hace una ética? ¿Y cómo se construye uno una ética? ¿Se la hace el individuo en soledad o se elabora en gremio?

Antes se lamentaba la gente de que no había vergüenza o educación. Ahora se echan de menos éticas sectoriales y mínimas. El particularismo de la ética y la apelación superética a todo quisque es la solución a los problemas del mundo.  

-Mire, este señor ha robado un banco.
-Claro, es que le faltaba una ética.

Después de pedir leyes y reglamentos, como se ve que las cosas siguen estando más o menos igual, ahora se piden éticas, pero claro, pedir éticas es muy agradecido, porque parece que detrás hay un ensamblaje de cosas morales y como muy aristotélicas, es algo muy civilizado, pero... eso de la ética ¿quién lo expide? ¿el político? ¿el interesado? ¿el sistema educativo? ¿la iglesia? ¿Es cosa de hoy para mañana o labor de siglos?

Ha nacido el Imperativo Tertuliano y en nuestra personal y errática búsqueda de la felicidad, precaria como un empleo, deberiamos examinar nuestras moralidades y, como filósofos febriles por las noches, redactarnos una ética urgente por si nos la exigen.

-A ver, caballero, conducía usted a 150 km/h por una comarcal, dando puñetazos en el salpicadero, ¿carece usted acaso de una ética al volante?

martes, 10 de enero de 2012



LA FARLA

En el presunto trinque de los ERE ha aparecido la droga, trayendo a la memoria las farras en gayumbos de Roldán. El engaño solitario nos asusta, nos parece monstruoso el estafador individualista, pero en pareja la cosa se hace pícara y la culpa parece que se alivia. Así, los dos presuntos, como unos Bouvard y Pecuchet de las drogadicciones, se iban diariamente de farras vespertinas, abrumados, quizás, por tener que arreglar la cosa del trabajo en la región con más paro de Occidente. Hay un trinque estirado que se va a Las Caimanes, y un trinque urgente que corre a compartirlo con el más cercano. A estas cosas, ya se sabe, se acaba invitando siempre. La farlopa es como el teatro, todo diálogo. En este episodio cocainómano parece que se nos vienen encima los ochenta, pero es que la farlopa ha sido nuestro capitalismo especulativo de noche y con la burbuja financiera había una burbuja de palabras, de polvos, de deseos y un fervor sin nostalgia. La gente se pregunta dónde está el dinero y es que parte del dinero se esnifó, hacia el fondo oscuro del cerebro, en el légamo del sueño, en el retablo encendido de su pólvora sorda. La peña organizaba sus happenings duchampianos –fulgor en el lugar del excremento- y con las tarjetas con que se aplazaba el pago se instaba el latigazo y el satori golfo, el éxtasis insolvente de quien no podía procurarse otro.  De alguna forma, el dinero exige elevaciones, el oro es un deslumbramiento y la farla era la velocidad del dinero. Y si tuvo fama de exclusiva alguna vez, de droga pija, lo cierto es que el señorito chabolea y gitanea mucho en el confín de la ciudad para salirse luego de  si mismo. La droga, así mirada, ha sido muy igualitarista y muy social. El personal sacaba el DNI, como liberándose de la identidad, ritualizaba una exhalación y se fundía en la velocidad hiriente de las cosas, en el espíritu vano de su tiempo. En esa comprensión sin memoria.


domingo, 8 de enero de 2012




MANOS



Ya fue la presentación de la alternativa Chacón. Del acto, que era como la exhibición de la mujer araña junto al borrico y al mono de rojo, mezcla de fenómeno y agro, me ha quedado a mí la duda de aclarar la importancia del hombre (Miguel Barroso/Escamillo) tras la fémina, porque si doña Carmen va a ser la alternativa futura a la Mariana Pineda de peluquería que es Soraya y siendo este un mundo feminista, no se puede -o se puede, pero quedando muy mal- andar atribuyendo méritos o intenciones al marido. ¿Es Barroso un consorte thatcheriano o se trata de una pareja Clintoniana o Kirschneriana, que nunca se sabe?

Doña Carmen presentó ayer su candidatura y repartió un poco de estopa al gobierno. Empezó con una revisión del internacionalismo izquierdista afirmando que “por ser sus abuelos de origen castellano, andaluz y aragonés se entendiera que desconfiara muy pronto de las fronteras”. Este internacionalismo le sale un poco empobrecido porque entre estas regiones no es que haya alambradas y fosos, precisamente.

Homenajeó a Zapatero con esa frase suya que al decirla no se sabe muy bien si suena a piropo o a sopapo: “El PSOE es el partido que más se parece a España” y supongo que provocaría un instante eterno de estupefacción y autopellizcos al afirmar, muy lanzada ya por la pendiente del liderazgo, que “Andalucía representa el mejor ejemplo de la fuerza transformadora de la socialdemocracia”.

Va quedando claro que doña Carme abandera el socialismo igualitario, sexualista y psicótico, que Zerolo está de su parte en la reivindicación del derechismo zapateriano (el ismo de los derechos espontáneos) y que Pajín será, junto a ella, la alternativa rubicunda al delirio impagado de la Comunidad Valenciana. Son cabezas visibles, ajenas (forzosamente ajenas) al desastre economicista del partido. Son ese tipo de personas que delegan la declaración de Hacienda, rasgo que abunda en el PSOE. El PSOE es asín: un partido en el que salvo Carmona, Salgado y Sebastián no se imagina uno a nadie haciéndose la declaración de la renta.

Son perfiles jóvenes y marchosos, frente a Rubalcaba, el hombre dual de sombra autónoma, el hombre que hace una cosa y la sombra le va haciendo otra distinta y que ahora reclama la “unidad” socialista de Bono, frente a la “unidad con acentos” de Carme, que (Zelig la ha llamado Gistau), hará como Teresa Campos, sacar el acento andaluz cuando le convenga.



Pero el día socialista de ayer dio más de si. Elena Valenciano, la Carmen Maura de Rubalcaba, pidió “manos”, para la reconstrucción del PSOE. No ideas, ni tiempo, ni debate: manos. El socialismo necesita “de todas las manos”, ¡pero y los pies! ¡Y el socialismo de pies del señor Zarrías! Pedir sólo manos es un empobrecimiento y una limitación del ensanchamiento democrático al que había llegado. En esa petición de manos veo yo una antesala de pedir brazos, y un socialismo de braceros, que hurgue más en el andalucismo tópico de la Chacón. Manos, sí, ¿pero qué manos? ¿Las manos blancas de mimo masivo de las manis? ¿Las manos gordezuelas y lívidas de los de las sicav o las manos encallecidas del currela? Me temo que ahora mismo sólo habrá manos nerviosas, de uñas mordisqueadas, de  falanges nicotinizadas de tanto parado –manumitidos a su pesar- nervioso. Manos desocupadas, ociosas, sin saber qué hacer –que las manos ociosas se desviven en el círculo vicioso de frotarse a si mismas- que van a ser convocadas a la reconstrucción manual, obrerista, menestral y boba del socialismo, que ya no pide ideas, sino manos.

Estas cosas se dicen y el auditorio, de domingo y aburrido de una liga que parece el pressing catch, se troncha en el vermú.