viernes, 7 de octubre de 2011

BERLUSCONIANA


Berlusconi ha vuelto a llevar la tía buena al centro del ring político. Un Partido ya no será de Progreso, de la Libertad, o de la Democracia, será el Partido de la Tía Buena. Destruido el estado de bienestar y el sueño de la renta per se, qué aspiración más humana y general queda que la maciza. La nueva utopía es el bunga-bunga de Berlusconi y para mí es el grito más decidido contra el nihilismo. La alternativa europea al nihilismo es la bacanal del cavaliere. Berlusconi tiene una dimensión moralizadora y civilizatoria y su personaje homenajea a los mejores cómicos de su país, pues es un político sin gamonedas, sin delicuescencias, sin la cursilería mostrenca del sglo XX. Es un político de realidades, de carnes prietas y un político post-fútbol, que es un bananerismo anterior. Además, el recurso a la jamona disloca la retórica política actual y puede que la acabe vigorizando. Ante la tía buena, el verbo se tensa y se hace lírico, la camisa se plancha, el pelo brilla y el pecho se saca. ¿No será joseantoniana la política así? Hay que insistir: hay un idealismo y un proyecto en la jamona. En España, mientras, rige la Paridad, que es ir contando tías. En cualquier reunión más o menos oficial hay que contar las titis y si son menos de la mitad toca dispersarse y buscar más. Esta ley, en realidad, es un cherchez la femme, como todo en la vida. Yo voy a los restaurantes y me distraigo contando el número de mesas que incumplen la ley paritaria, porque toda ley nos hace o comisarios o vulneradores de ella. Toda ley acaba siendo una decantación de la realidad.

miércoles, 5 de octubre de 2011


TELE: GRANJERO BUSCA ESPOSA

Oh, what a life. La vida interior es ya la vida televisiva. Somos al final del día la tele que vimos. Luego, en sueños, se mezcla todo, en otro zapping mejor, muy lazarov, pero no lo recordamos.

En Mhyhyv, ha aparecido el hermano de la pretendienta Abi. A esta chica el trono se la ha comido un poco. Hay gente así, de pretendientes muy bien, pero el trono les plante servidumbres muy fuertes. Por algo peñafiel es duro con letizia. Pues bien, su hermano ha estado en plató y resulta que el tipo es la reencarnación de El fary, habla igual el gachó. Habla más como El Fary que su propio hijo, el cantante Cantero.

Luego he visto brevemente el sálvame y ahí ha aparecido Kiko Hdez. De este hombre hablaré otro día, que estoy cansado, pero estamos ante un individuo que domina el medio con una soltura y un relax que no veía desde Joaquín Prats. Yo estoy más tenso en el salón de mi casa que este tipo en un plató. Es el chancleterismo televisivo.

Luego, claro, ha habido un poco de The Farmers, por contrastar las sensaciones del primer día. Aparece Luján, con esos ojos de énfasis, que parece que le va a dar un tirón en un párpado de un momento a otro, y un estilismo choni, como de optar ella también a granjero y luego los granjeros, ya en sus respectivos medios rurales y aislacionistas. Por delante va ya que todos los granjeros, con diferencias de grado, tienen el sexo escrito en la mirada. Sinceramente: parece que no follan, pero que tampoco se la menean. Van al concurso en un estado de excitación canina.

Román es mi favorito. Su cibernovia le ha dicho que tiene las facciones finas, y esa tía miente a nivel discoteca-6 A.M. Román tiene una dulzura muy zangolotina y baja la mirada y dan ganas de abrazarlo. Tiene, digamos, osez y sentía ‘los nervios del directo’. Todas sus pretendientas son gorditas –una de ellas afirma no comer nunca pollo-. Teresa va de buena, pero no lo es. Luego tiene otra, canaria, creo, que tiene una mirada de espanto, con ojos, boca y nariz muy juntos, muy en el centro de la cara, y luego mucha cara no significativa. Es verdaderamente fea, pero tiene buena cacha y es sensata e inteligente. Me gusta para Román y en eso he cambiado a lo largo del programa. El papel de Román en el programa es, ante todo, demostrar la importancia estratégica de la suegra. Directamente, ha delegado la decisión en su madre.

Melendi es un vaquero asturiano que tiene una casa muy indie, muy yanqui, hecha de chapas, ladrillo y roulot. La casa es una amalgama de precariedades muy integrada en el campo. Es como una de Joaquín Torres pero sin ese aspecto de apple. Melendi ríe como El cordobés y es un tipo muy majo y llama a las vacas como un tirolés y las vacas no le hacen ni puto caso.

Jonathan es un muchacho que se parece a Morientes, pero es menos majo. Tiene dos rubias con aspecto de pillar fácil en la discotheque. Johnny está obsesionado por el sexo y lo evidencia con una franqueza inquietante. Se va a cepillar a las dos pretendientas y no descarta el trío. Acude a un bar llamado La Campanilla.

César está en los cuarenta y se peina a la romana. Vive en un pueblo donde se ven camisetas del Madrid. La España noble, leal. Lleva a las chicas a comer con los amigos y les hacen putadas. En los pueblos no se tienen amigos, se tienen cuadrillas. Tiene una casa con las paredes verde lima que unidas a la personalidad de Elo, una de sus pretendientas, sube la intensidad psíquica del programa, alejándolo del tono de comedia.

Luis es un malagueño que vive en un rancho. Recibe a las visitas repachingado en un porche y confiesa estar en el campo para que no le molesten y trabajar poco. ¿Es esto, técnicamente, un ‘granjero’? Tiene una chica morena de 21 años, digna del myhyv, que probablemente se confundió de pasillo el día del casting.

Y queda Gustavo, un navarro cuarentón que tiene por pretendienta a una brasileña inacabable. Va llegando al pueblo y a su paso se urbanizan los terrenos. El navarro la mira, la toca, se pellizca, ¿es real?, dice, y al llegar, nada más llegar, la presenta a la hija con estas palabras: Sheila, ven, mira, ésta (la brasileña) es la nueva mama. Luego hace las presentaciones a la gente de su entorno y aparece un empleado negro que probablemente resulte un problema en el futuro.

Este es el elenco de granjeros. Entre las aspirantes a granjera hay poca peninsular. Canarias y sudamericanas hay varias.-Es que las brasileñas son muy melosas y eso les gusta a los hombres-dice la tía de uno de ellos. Las brasileñas y las cubanas son como los fondos europeos: la única alegría y la esperanza de la España interior, quizás la verdadera protagonista del programa de hoy.

Los granjeros tienen, además de las dos invitadas, una pretendienta a la que llaman cibernovia, que es una cosa muy actual y que hay que estudiar e integrar en un relato del amor en el 2011. No la conocen, nada saben de ella salvo sus palabras y el dato de ser la mujer más compatible de entre las presentadas. Es, sin duda, el componente ideal, ilusionista del amor, con el que tendrán que luchar las otras mujeres, reales, celulíticas, tangibles en la medida en que se dejen tocar. La personalidad del concursante decidirá la importancia del elemento ideal y la importancia del elemento brasileño. Mujeres peninsulares hay pocas y están como una cencerro, para que nos vamos a engañar.

LAS SEVILLANAS DE LA DUQUESA

Por trabajar, ya ves tú, me he perdido la boda alba. He visto sólo la salida de la pareja y las sevillanas de la duquesa. Ante el cuadro musical, siempre (¡así!) vestidos como si fuesen a firmar unas escrituras, la duquesa se ha marcado unas sevillanas quietistas, recogidas, muy zen. Sevillanas lentísimas, que de haber recibido el debido compás musical quizás hubieran dado lugar a un nuevo estilo: las sevillanas de la amanecida, sevillanas alba. Los miembros de la duquesa se desperezaban y abrían al día como un lento capullo y al lado, el duque soporte, extendía su mano en sobrio alarde flamenco y se quedaba en su sitio, parado como un josé tomás. Sevillanas del jaleo imposible, de un patio sevillano intemporal, con el chorro del surtidor congelado y la floración del naranjo estallando celularmente como en los documentales de la dos. Sevillanas de ritmo genial, sevillanas cool con su desplante final. Sevillanas en las que no se cogiera nunca la dichosa manzana. Ah, y aunque eran unas sevillanas antipopulares, de bailarina intelectual, de fondo estaba el pópulo, con ese señor con cara de Umberto Eco que es el figurante de todas las conexiones del sálvame. Faltaba la duquesita, enferma de una varicela que se estuvo reservando desde niña para este momento. Ahora, la sociedad, súbdita también de los Alba, se hace una sola pregunta: ¿Se rascará Eugenia? Y la noche de bodas, que es el gran chiste del próximo carnaval, queda para la guasa de los cachondos del país. Ya ha dicho Jabois que Díez pedaleará delante de la luna de miel como el niño de ET y yo me permito decir, viendo las sevillanas de gravedad lunar de la duquesa, que ese señor va a ser un Armstrong, poniendo la bandera de España en un suelo desconocido, romántico, atemorizador y débilmente humano. Sin Hermida que lo cante, claro, salvo que quiera Quintero.

martes, 4 de octubre de 2011

JOBS


Día perdido, tono menor, diario rumiante.
Sale a la venta el iphone5, con aire de estreno de saga hollywoodiense y caen en los almuerzos reportajes sobre Steve Jobs. Este hombre es un empresario-visionario, lo que debe ser un paso más allá del empresario schumpeteriano, cuando el innovador linda con el profeta. Creo que Apple lo fabrica todo: hardware, software, pero eso, integrarlo todo, lo hacen muchas empresas. La gran innovación será la utilización tecnológica del pellizco de monja. Jobs y sus genios-de-noventa-horas-a-la-semana han creado la caricia tecnologica con la pantalla táctil, destacando la importancia fundamental de la yema de los dedos, algo en lo que sólo se para uno a pensar cuando las arrancan en las pelis de serial killers. Mira uno a la gente con sus ipads y además de parecer romanos es que ponen los deditos como si fueran a dar de comer a un pajarito. Jobs pretendía ofrecer comodidad y el público, agradecido, le devuelve ternura. Un usuario pasando un menú del ipad parece un niño acariciando el lomo de su perro. También tiene algo del gesto de pasar la página, como supervivencia de ese acto moribundo. Esa es la visión de este genio, porque otra cosa que se lee mucho sobre él es su lema de vida al límite, su carpe diem minimalista y gerencial que veo de difícil aplicación en España. ‘Vivamos esta reunión laboral como si fuera a acabarse el mundo’, y el currela que lo escucha se va directo a por la secretaria a darse el lote final. ¿Y cómo sería el carpe diem jobsiano en la Administración? ¡Todo el mundo apurando los días de asuntos propios! En esa línea de desespero existencial, Jobs dijo una vez que ‘la muerte es el mejor invento’, que me pareció una cosa de un barroquismo punsetiano, digno de un Quevedo con power point. No, Jobs, no, no abrumes, la muerte no tiene nada que ver y tú eres un genial charlatán. Tenías la idea y la idea es pasión: ¡Has tecnologizado la caricia y el pellizco! En esta coincidencia con la lamentable enfermedad y retiro de Jobs, hay una truculencia que le confiere al iphone número cinco un halo palpitante, de legado, de última palabra. Parecerá que nos vibra a todos el corazón del genial Steve cuando lo tengamos sonando en la mano.


lunes, 3 de octubre de 2011


TELE: UN DELUXE Y PUNTOPELOTA


Zapeo canalla. Veo el deluxe repetido, donde el tema estrella es la expresión ‘a horcajadas’ y lo de menos la rubia nada platino que asociaban con Fran. La noche loca del príncipe consorte se ha quedado en cuatro copazos. Ni rubiazas, ni travestis, ni polvos en el reservado. El clan de colaboradores, eje del mal incluído, se ha lanzado contra la presunta que resulta ser una eterna aspirante a la tele, en ese submundo del discotequeo lagartón de la Posada y el Garamond, el gran casting de la tele actual. Lugares que visitaremos los de provincias en viajes organizados. Será tendencia este invierno romper con la pareja yéndose al garamond a tener la noche loca con una tronista y se le llamará hacer un fran o hacer un garamond. Claro que éstos no rompen. Por algo, Jorgeja, en hipérbole cachonda, los comparó con Liz Taylor y Richard Burton. Bueno, dirán algunos que Belén tiene unos ojos expresivos y que Fran también parece pegarle al frasco. Los colaboradores, que son virtuosos del montaje, afean a la presunta, presunta rubia, sus burdos intentos, su chapucería de cebo de paparazzo. Después, la negra amiga de Nagore, que es como la Esteban y Queen Latifah juntas, discute con Sofi ante la sonrisa conciliadora y guasona del hermano de Aída, que se va a acabar merendando a la hermana.

Mientras, el lobo dice en intereconomía que Mourinho quiere ser diana. La frase me recuerda a otros contextos. Es una frase con su intríngulis. Lleva implícito el reconocimiento de un mecanismo que haría de Mou una víctima. Y diría que hasta una disculpa, porque se carga la responsabilidad y la acción en el portugués, sujeto de la oración. Además, la víctima no sería abnegada, sino que se aprovecharía de su condición. Inadmisible. Alrededor de Mou y su carisma de jota erre se libran otras batallas. Mourinho es el gran despertador de tics, de tan nervioso como pone a algunos.

Lo normal es escribir intrincadamente, pienso ante el colutorio –purgante nocturno del inevitable anacoluto con el que no debemos irnos a dormir-. La sencillez y el orden sintácticos son productos de la  reflexión y del segundo intento. El pensamiento es un galimatías. La mera conciencia una casa de locos, un gallinero. Lo normal es escribir un enredo. De modo que sí, la sencillez es una forma (¡otra más!) de impostura.
DIARIO

Desde que tengo un blog, cuando tengo un rato y me siento ante el ordenador ya no acabo masturbándome. O sí: porque hago una entrada, pero me toco menos. Antes tenía un blog que no anuncié en ningún sitio, de modo que el lector era puramente estocástico y además universal. Un lector estocástico es un lector dificilísimo y dejé de escribir. Era yo ante mí mismo y todas las variaciones de mi mismidad y ante la Forma, reclusa en esa especie de Museo Ideal en que la tienen.

La inmediatez de internet, el eco inmediato de lo escrito,  asemeja un blog a un periódico, un periódico mínimo, como de  cole, como el que cuenta Dragó que hacía en El Pilar él solito, cuando era un niño pedrojotesco al que seguro alguna vez planearon asesinar sus compañeros. En la prontitud hay algo que no puedo concretar que me parece desagradable y muy triste. También la gratuidad me disgusta. En el intercambio y en lo pecuniario hay una forma de caballerosidad muy edificante. Yo creo que las cosas del mundo, las cosas no amorosas, están bien, son buenas, son decentes si están selladas por el precio. El precio es la inteligencia de la libertad. Lo gratuito es un poco delicuencial e irrelevante. Lo gratuito no existe, de modo que no puede haber autoría sin precio.

Hoy también me llamaron de jazztel. Es la tercera persona de esa compañía que lo hace en las últimas semanas. A las dos anteriores, mujeres, les mentí y maticé mi desinterés con subterfugios. -No, es que operan a un pariente a corazón abierto y usted comprenderá que no es momento. -No, entiéndame, no creo que leerle las cláusulas liberatorias con movistar arregle las cosas, porque no son ellos, soy yo, tengo un concepto anticuado de la fidelidad corporativa y no puedo, sencillamente no puedo cambiar de compañía sin un motivo mejor que el puro interés. Y eso tras hacerme pasar por hermano de mí mismo durante quince días para no tener que afrontar la fatídica condición de titular de línea. Por alguna razón, no puedo decir que no. Bueno, por alguna razón no, por pura cobardía. Decir ‘no’, ‘no me interesa’, ‘no quiero’, ‘no me gustas’, ‘no estoy enamorado de ti’, ‘no quiero llevarme esta camisa que me sienta mal’, ‘no soy homosexual y no tendré relaciones contigo’. Esas cosas me resultan imposibles y funciono con subterfugios y en la elaboración de subterfugios soy un genio. Es lo único que se me da bien en la vida. Rimbaud perdió su vida por delicadeza sí, pero fue porque no supo decir que no y su obra es sólo un subterfugio para ese no impronunciado. Un no da miedo, sí, pero al que lo dice, no al que lo escucha. O mejor: asusta antes decirlo y es terrible una vez escuchado. Se transmite como la gran patata caliente de la vida. Preexiste y subsiste el no como problema, como trauma, como obsesión aunque dure tan poco. Es la palabra más terrible del diccionario y la verdad es que ya nos lo advirtió supergarcía.

Debe de ser por esa negativa no formulada que los de jazztel aún me ven como un cliente posible, preso en los anillos concéntricos de la presión comercial, infiernillo moderno. En el tercer anillo entré hoy. Una voz de varón, probablemente sudamericano. Tras presentarse, algo envalentonado le resumí mi historial con su empresa y le pedí que entendiera que mis condiciones personales no habían podido cambiar en tan poco tiempo como para merecer otro abordaje y lo extraordinario del caso es que el comercial no me dejó terminar y sin palabra alguna colgó el teléfono. Estas cosas le deben de pasar a Javier Marías, en sus quijotescas cruzadas contra las grandes empresas, y a poca gente más. El hecho no me ha irritado, pero estoy preocupado: qué flatulento individuo he de ser para que me cuelguen los de jazztel.

Puse un rato la tele y salía Belén Esteban en algo parecido a un intento de entrevista. Un señor con un micrófono le preguntaba cosas con muy poco exito y ella respondía como me respondían a mí las tías más guapas de la discoteca, con una forma de indiferencia nazi. Ella estaba en la calle y el cigarro lo pixelaron, como si se estuviera fumando a Andreita.

También he visto un top less de la duquesa de Alba, de sus pechos durante la Transición. Como si el interviú contribuyera de esa forma al éxito amoroso de la noche de bodas. Una espléndida Duquesa mostraba sus domingas blasonadas en una cala ibicenca y yo pensaba en Jesús Aguirre vestido de blanco y con mariconera sonriendo en plan fauno contracultural. La Duquesa me cae bien porque es heterodoxa en el amor y además restituye prestigios. Tras el intelectual, el funcionario. En estos tiempos de populachero descrédito, el ascenso del Alfonso Díez, cargado de trienios pese al bótox, es el ascenso de todos los funcionarios, que salen un poco de su encierro galdosiano en una vida sin horizontes. No importa la densidad de la grisura, nos dice, la inevitabilidad del expediente, la inexorabilidad del organigrama, hay una duquesa y un palacio veneciano que os están esperando. Los pijos y los clasistas ululan, claro, pero la Duquesa se los pasa por el forro, con toda su libertad. La Duquesa es la última y secreta chica almodóvar.

Después ha venido mi casera acompañada de su vástago. Soy un paranoico y no quiero escribir el nombre de su hijo por si lo leyera, pero vamos, se llama como el actor de apellido Hawke que salía con Uma Thurman. Al nombrarlo yo, con la carantoña obligada, me he sentido un poco gilipollas porque además dudaba a la hora de elegir acento y pronunciación. La casera traía el contrato indexado el IPC. La cifra final salía en decimal, cincuenta céntimos y ella ha decidido redondearlo hacia arriba. Ese redondeo hacia arriba es el capitalismo tal como lo entiende la gente. Al personal le das un sistema maravilloso de entendimiento y libertad y te redondean. La vida es ese redondeo que le va endilgando a uno todo el mundo.  

Tras eso, he ido a comprar. El supermercado tiene una atmósfra balsámica. Las sucesivas decisiones de compra, el juicioso consumo, elevan mi ánimo, recompone mi consistencia emotiva. Hay una bendita y estudiada tranquilidad en estos supermercados a media tarde. Una delicadeza. Un masajillo. Ir a comprar a deshoras es un lujo menor de mi vida a destiempo.

sábado, 1 de octubre de 2011


EL PASILLO


Hay gente que afirma que antes de viajar al extranjero debe verse España entera. No diré que no, aunque puede uno quedarse sin ver Palencia y dejarse París esperando. Lo que pienso yo es que eso debe completarse y reformularse: Antes de ver el extranjero, verse España, y antes de España verse bien la casa de uno.

Yo me quedo en casa y me la recorro entera. Yo paseo mi casa y paseo mi pasillo. El pasillo, que está para pasar, debe también pasearse, recorrerse contemplativamente. Ir pasillo arriba, pasillo abajo, mirando el paisaje que forzosamente es el que llevamos dentro. Pasearse el pasillo es la dialogación –que es diálogo ya derivado y activo- constante con uno mismo, en ese tentadero de la locura que es conocerse. Paseamos para mirotear y para salirnos de nosotros, pero en el pasillo nos encontraremos con un paisaje delirado, que nos saldrá de dentro, en forzosa imaginación.

Si se pasea la casa la compañía que se encuentra es la mejor posible, es uno mismo. Entonces lo normal será ponerse a hablar. La propia voz resonará en las paredes, tendrá su eco y su oquedad, su reverberación en el estuco, en esas soledades de cuarto sin ocupar que tiene todo piso. Así, la dulce locura empezará a aflorar. Oírse uno mismo, oírse la propia voz de uno es la música inicial del frenesí de perder la cabeza.

El siguiente momento, si el paseante es perseverante, paseante largo, andariego, será, después de haber hablado, hablarse, pararse a hablar con uno mismo, pero a otro, con el *otro* que somos. Hablarnos a lo nuestro distinto. Esa es la dialogación, y el desdoblamiento que sólo se consigue en casa. En ese desdoblarse surge la felicidad del paseo, la instantánea felicidad de la tarde, ¡ya tenemos compañía! Y el diálogo es fértil e infinito. Toda la literatura de viajes es un fraude, por ocultarnos el mayor viaje iniciático de todos, que es el viaje por la casa. Ahí está De Maistre, eso sí, que escribió el mejor libro de viajes que existe.

Salir al mundo, sí, claro, pero antes conocer sobradamente el propio pasillo y el salón y todos los rincones del dormitorio. Ese es el pequeño país, la patria chica, donde están permitidos todos los relajamientos. Lo otro es la polis, y ahí ya nada es lo mismo. Y la gente ha confundido la cuestión y va en pijama político y moral por la polis, llamando patria a lo que no lo es. ¡La patria es el pasillo! Y ya lo ha visto bien Ikea, aunque con un aire desagradable, porque ha venido a convertir la casa en república, politizándolo todo fatalmente.

¡Abrir mil veces la puerta del cuarto a mano derecha del pasillo caminado y sorprenderse las mil veces al encender la luz! ¿No hemos jugado todos a encender la misma luz sucesivamente hasta sorprender los manejos de la oscuridad? ¿No hemos intentado con el interruptor sorprender a la oscuridad diciéndole el ‘ahí te he pillado’ que sin embargo no llega nunca?

El pasillo es el mirador de mí mismo. El pasillo es donde miro mi circunstancia cuan larga es, como la playa de mi entero mundo.

El pasillo tiene un primer paisaje que es la circunstancia, y un segundo paisaje, horizontal, que es como lo que se ve al fondo, y que ya no es la circunstancia, sino la nada. Agotada la circunstancia, a las muchas horas de paseo, ya se ve la nada, una nada ártica o marina, muy al fondo, para los expedicionarios locos del paseo.

El pasillo no está para pasar por él, sino para pasearse por él, porque nos ofrece el mejor paisaje posible: ¡nosotros!

Ningún crepúsculo está tan bien vivido como en el pasillo. Ninguna luz tan hermosa como la de la lámpara cuando la sabemos anocheciendo y miramos a sus filamentos para cegarnos un poco, como hartos ya de haber visto mundo.

Hay dos tipos de paseante de su propia casa. Los que primero vieron el mundo, y los que, como yo prefiero, antes de salir a él vieron antes su pisito bien visto. Los primeros se cansarán de ver palmeras, catedrales y cataratas, pero quizás no lleguen al mejor paisaje. Los segundos serán siempre los protestones del viaje organizado, porque al ver las maravillas del mundo las compararán con su paisaje espiritual primero y por fuerza saldrán decepcionados, enfermos de nostalgia por su saloncito y su pasillo.

Ah, y si el paseante llevraa batín, entonces el paseo sería señorial y hasta se pararía a saludar a señores que se le cruzarían en el paseo, probablemente con un periódico –el ABC, seguro- debajo del brazo. El batín nos socializaría mucho y veriamos una pluralidad de paseantes, todos educadamente en su batín.

¿Quién no se ha parado a saludar en el pasillo, quién no ha ensayado el perfecto saludo en el pasillo?

Para pasearnos la casa nos conviene el invierno y el batín, que nos dará el empaque señorial para ver las cosas con rectitud. Por es las abuelas regalaban el batín a los nietos mozalbetes, para que ensayasen su señoritismo, que lejos de ser malo, afinaba la compostura ante el mundo. Las abuelas han sido siempre las fomentadoras del señoritismo del niño. Abuelas aristocratizantes, llenas de sabiduría del mundo.

Se ven por las ciudades señores que se olvidan y bajan en batín a tirar la basura y al verlos nos asustamos porque parecen señorones decimonónicos lanzando en gancho la bolsa de basura.

Nos sucede a las personas que como la vida moderna está tan relajada, estamos deseosos de llegar a casa quitarnos la chancla y la sudadera (válgame dios, el nombre prohibitivo) y colocarnos el batín entallado y restituyente. Está la vida de una forma tal que lo señorial ya se encuentra sólo en casa, refugiado en el interiorismo que es el ismo no sólo ya de los interiores, sino de las interioridades y eso es precisamente lo que hacemos al pasearnos la casa: merodear nuestras interioridades. Pasearnos la propiedad de nuestros interiores. Caminar contemplativos y distraídos nuestro mínimo latifundio. Los olivares que no rentan, el terrenito en barbecho, el predio olvidado, o el piso gótico que no hay quien nos alquile.